
Hace unos años tuve la oportunidad de visitar Barbados. La Embajada de Cuba le organizó a la delegación de la que formaba parte una visita al monumento erigido a los mártires del Crimen de Barbados en la costa del pintoresco país caribeño.
El obelisco se halla a pocos metros del mar, en el punto que se considera más cercano al lugar donde cayó el avión de Cubana con su preciosa carga de vidas humanas. Es un lugar tranquilo, apacible, a pocos metros de la orilla de un mar tan sereno, que no parece haber sido testigo de tanto horror. Hubo un momento, sin previo acuerdo ni aviso, en que todos los allí presentes callamos. Fue un momento de silencio lúgubre, sobrecogedor. Cada quien se sumió en sus propios pensamientos, en sus propios recuerdos.
Lo primero que vino a mi mente fue la despedida de duelo en la Plaza de la Revolución. Yo tenía 16 años cuando formé parte de aquella gigantesca multitud enlutada, afligida e indignada. Cuando retumbaron las palabras: «Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla», brotaron lagrimas de los ojos de los miles de cubanos que allí estábamos, conmovidos por las palabras de Fidel, contagiados por la tristeza generalizada, pero de pie, denunciando y condenando el abominable crimen.
Allá en Barbados, mirando al mar, me hice preguntas que vienen a mi mente cada vez que recuerdo aquel momento. ¿Qué lograron con segar aquellas 73 vidas inocentes? ¿Por qué nunca se ha hecho justicia? ¿Por qué autores materiales e intelectuales siguen impunes 40 años después? No solo hablo de los nombres que ya conocemos. Hablo de los rostros ocultos que proporcionaron dinero, armas y entrenamiento, de las instituciones que estimularon y patrocinaron este acto de terrorismo de Estado y de todos los que sabían que se iba a cometer el atentado y no hicieron nada para impedirlo.
Han pasado 15 años desde que estuve en aquella costa y 42 del abominable crimen. Mis preguntas siguen sin respuesta, solo la misma frustración y desconcierto que me provoca cada acto terrorista en cualquier parte del mundo.
Nunca me ha gustado juzgar a otros seres humanos, aunque el 6 de octubre de 1976 demostró que en el mundo hay seres que no califican como humanos. Pero pienso que los familiares, descendientes y amigos de los Mártires de Barbados merecen justicia. No sé si humana o divina, pues más de un culpable se fue al más allá sin pagar su deuda con la justicia.
Lo cierto es que el silencio de aquel rincón de la costa de Barbados seguirá siendo tan lúgubre y sobrecogedor, como aquella tarde, mientras no se haga verdadera justicia.