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Reyes de la percusión: El Chori (+video)

Fecha de Publicación: 2018-11-12 10:25:47


 

El Chori frente a sus botellas. Foto Chinolope

Uno de los personajes más pintorescos de la música cubana fue Silvano Shueg Hechevarría (EL Chori) leyenda de los cabaretuchos de la playa de Marianao, zona de la "música de fritas".

La playa de Marianao era la zona más famosa de la trepidante música cubana, allí tocaban los soneros y rumberos más connotados. Toda esa autenticidad atraía a un público marginal y, a su vez, a los turistas en busca de la esencia de la música y la cultura insular.

Chori nació, según datos de una vieja libreta, en la calle Trinidad 56, entre Reloj y Calvario (donde debiera existir una tarja), en Santiago de Cuba. Llega a La Habana en 1927. Rápidamente hace su debut en la academia de baile Marte y Belona, recinto donde se aprendía a bailar pagando una monea por pieza.

De la academia de baile se trasladó en tranvía hasta la playa de Marianao, imán de los que buscaban cama y mesa en la dinámica noche habanera. El periodista y escritor Leonardo Padura Fuentes cuenta que el músico, con mucho atrevimiento y seguridad, llegó hasta el club Los tres hermanos y pidió una oportunidad para demostrar quién era.

El negro músico, que se hacía llamar Choricera, con su raro atuendo (en el cuello un pañuelo rojo y una cruz de madera) con algo de misterio, pidió algunas botellas de cerveza, las llenó de agua, a distintas alturas, las colocó sobre la mesa, profirió entonces un grito espantoso, abrió los ojos desorbitados, sacó la lengua y con su baqueta empezó a extraer raros sonidos muy recónditos a aquella hilera de botellas que sonaban como una marimba. Cantaba con voz gruesa, ronca, gastada y profunda, como salida de la selva. A veces escenificaba algo así como un juicio. Aquello parecía muy surrealista, es lo que llama la gente de la farándula algo excéntrico, y eso es lo que se busca en estos espacios para borrachos y gente de toda ralea. Los temas que ejecutó llevaban el nombre de "La Choricera", "Hayaca de maíz", "Frutas del Caney", y "Enterrador, no la llores".

Chori en acción. Foto Chinolope

Aquel imprevisible show dejó confundidos a los espectadores que presenciaban aquella inauguración musical. El primitivo artista demostraba que una obra artísticamente musical no es más que la verdad de un sentimiento, plasmada en una obra de arte. No era música de lujo, al estilo de la elegante Europa.

Después las ocurrencias fueron muchas: incluyó timbales, bocinas, sartenes y demás instrumentos extraños en aquellas veladas que comenzaban a llenarse. Por allí pasaron estrellas rutilantes  al nivel de Agustín Lara, Cab Calloway, Gary Cooper, Toña La Negra, Berta Singerman, Errol Flynn, Ernest Hemingway, María Félix, Imperio Argentina, Josephine Baker, Pedro Vargas y Marlon Brando. Y de Cuba: Benny Moré, Barbarito Diez, Ernesto Lecuona, Juana Bacallao, Celeste Mendoza, La Lupe, Rita Montaner y todos los que llegaban curiosos por aquellos cabaretuchos tan llamativos.

En marzo de 1961 el periodista Orlando Quiroga en su sección "El sonido de la semana", publicaba para la revista Bohemia:

El Chori hace una música nerviosa, es una nueva raza de artistas que obedece al corazón, a los nervios, al restallante clamor de la sangre y no a la regla preestablecida que fijaban un turismo y unos cuantos empresarios sin inteligencia. El Chori es algo más que un excelente payaso, con su retahíla de timbales, botellas, sartenes: es un fenómeno musical. Un ejemplo vivo de intuición creadora.

El músico Senén Suárez me contó que la máxima fama del Chori y los cabaretuchos de la playa de Marianao toma categoría mítica cuando el periodista Dreau Pearson, columnista del New York Times, leído por muchos millones, publicaba una crónica donde dice: «El turista que visite La Habana y no llegue hasta la playa de Marianao para ver al Chori, no conoce La Habana».

Por ese motivo, en 1956, hasta La Choricera se llega nada menos que el monstruo del cine, Marlon Brando. No le interesó conocer los fastuosos cabarets Tropicana, Sans Soucí, Montmartre y pidió  que lo llevaran a la playa de Marianao a conocer al Chori: «Quiero encontrarme con la auténtica música cubana». Después de disfrutar estupefacto aquel show, propuso al Chori llevarlo a Hollywood para mostrar al público su inmenso talento. Para hacer el cuento bien corto, el percusionista fue llevado por el agente teatral hasta el aeropuerto de Rancho Boyeros. En el momento de la partida el músico dijo ir a tomarse un café y desapareció. Un tiempo después ya estaba en su cueva con un trago de ron y diciendo a sus amigos: «Ni por aire ni por agua voy a ningún lado».

El músico sabía cuál era su lugar; anteriormente Miguelito Valdés lo había llevado a tocar al cabaret Sans Soucí, lo vistieron con frac y todo, pero finalmente terminó en su espacio de la playa de Marianao.

Senén me dice que uno de los músicos que fueron a saquear al Chori fue el pailero Tito Puente: «Tito le cogió al Chori esos efectos y juegos malabares que hacía el percusionista cubano y los trasladó al salón Palladium (Nueva York) y por todo el mundo».

Era característico del Chori ir por toda la ciudad anunciando con tiza blanca su nombre en las paredes; decía que era «el artista que se anunciaba solo» La firma la conservo en una foto de otro gran loco, el fotógrafo Chinolope, quien se encargó de dejar para la historia la imagen del astro de la playa de Marianao. El otro fotógrafo que dedicó fotos sensacionales al Chori fue Constantino Arias, pero el acceso a esas fotos se ha hecho casi imposible.

Chori firma en el piso. Foto Chinolope

El rey se mantuvo hasta 1963 en la playa de Marianao, el show se fue apagando, el músico se refugió en su laberinto de un viejo caserón solariego de Egido 723, en La Habana Vieja. Allí vivía abandonado, solamente acompañado por un altarcito de Santa Bárbara, rodeada de orishas. El edificio ya desapareció.

En 1974 falleció el Chori. Las lluvias fueron borrando su nombre de las paredes de la ciudad, el mundo ya era otro. Pero el Chori queda como una leyenda, un mito, un gran momento de la vida nocturna habanera que persiste en recordar aquellos personajes que dieron fama a la gran Habana.

Para finalizar, recomiendo a los interesados en conocer más sobre el Chori leer "Chori, vida, pasión y muerte del más célebre timbalero cubano", en El viaje más largo, de Leonardo Padura, publicado por Ediciones Unión en 1994.

El Chori, en un fragmento del controvertido documental PM, realizado en 1961 por Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal:



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