
Este 27 de marzo se cumple un aniversario más del fallecimiento de Faustino Oramas, El Guayabero y este reportero no quiere dejar pasar la ocasión sin recordar a ese otro ícono de nuestro pentagrama musical, cuya obra sigue siendo motivo de regocijo para los cubanos.
Al Guayabero tuve la dicha de verlo y oírlo cantar en vivo por primera vez una noche del ya lejano 1980, en el anfiteatro del central azucarero Urbano Noris, en la provincia de Holguín, lugar en que me encontraba haciendo el servicio social. Lo primero que llamó mi atención fue su figura quijotesca: alto, delgado, huesudo y por yelmo cubría su cabeza con el eterno sombrerito blanco de alas cortas y aplanadas. Vestía un impecable traje de dril blanco y a modo de lanza esgrimía su inseparable tres.
Lo segundo que viene a mi recuerdo fue la sorprendente seriedad con que comenzó a interpretar temas de un humor fino como "La yuca de Casimiro", o "A mí me gusta que baile Marieta", entre otros sones y guarachas recorridos por ese doble sentido que supo imponer como nadie.
Cuentan que su hogar fue punto de encuentro de muchos visitantes, quienes no podían prescindir de compartir con Faustino en los conciertos improvisados o descargas que, hasta la salida del sol, daban la bienvenida al cuatro de junio, día de su nacimiento.
En varias ocasiones visité la peña que mantuvo durante un buen tiempo en su rinconcito holguinero, y allí le oí comentar que la gente interpretaba de manera errónea lo que él cantaba, y lo decía haciendo un gesto de falsa inocencia que provocaba una risa espontánea en su concurrido auditorio.
Es curioso también el origen de su apelativo. Según comenta Lydia Esther Ochoa, en su artículo "Faustino Oramas y la otra trigueñita", se atribuye a cierto episodio en que lo hicieron correr por el poblado de Guayabero a causa de un lance protagonizado por una trigueñita coqueta y su marido celoso, que era nada menos que un cabo de la guardia rural.
El Guayabero solía sonreír con nostalgia cuando hablaba de sus primeros años como artista autodidacta, sonero y trovador, juglar andante que supo desafiar tropiezos y dar lecciones de constancia y amor a su ciudad natal.
Logró vivir largos años provocando carcajadas a su paso, lo mismo por su natal Holguín, que en otros lugares de Cuba y también del mundo, como España, Holanda y México, porque el humor cuando es genuino hace reír en todas las latitudes.
Por eso hoy, que se cumple un aniversario más de su fallecimiento, vale la pena recordar al Guayabero, no con tristeza, ni desánimo, sino como lo que era: protagonista de mil historias, alegre, soñador, fantasioso y parrandero; alguien que no pensaba en la muerte, porque como él mismo diría, «la muerte viene y no te avisa. El día que te toca no hay quien te la quite de encima. Es lo que yo digo en una de mis guarachas: Es la vida un tren expreso/ que recorre leguas miles/ El tiempo son los raíles / y el tren no tiene regreso».
"La yuca de Casimiro"