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Los maestros del placer: Pablo Quevedo, el primer divo

Fecha de Publicación: 2019-02-18 10:51:28


Pablito QuevedoEl pasado año se estuvo celebrando el aniversario 110 del nacimiento del primer divo de la canción en Cuba: Pablito Quevedo (Unión de Reyes, Matanzas, 21 enero, 1908/ La Habana, 10 de noviembre, 1936).

El divo de la voz de cristal no dejó grabación alguna, para acrecentar la leyenda. Todo queda en la tradición oral, el cronista Eduardo Robreño recuerda que «tenía una voz pequeña, pero afinada cual ninguna». Sabemos que muchas de las más aceptadas voces del mundo son pequeñas, amables, a la manera de los crooners con voz aterciopelada como: Lucho Gatica, Charles Aznavour, Frank Sinatra, Nat King Cole, Roberto Carlos, Julio Iglesias.

 

Pablo era panadero, tabaquero, gustaba interpretar tangos y canciones de la trova, en fiestas y reuniones familiares. Entonces se traslada a la capital cuando se avecinaba el fenómeno del danzonete en 1929. Era el momento en que comenzaban a ponerse de moda los cantantes en puro protagonismo. Habían sido arrinconados por las danzoneras instrumentales y ahora les llegaba su gran momento.

El cantante va introduciéndose en las tandas de trovadores que pululaban por los bares y cafetuchos de la capital, especialmente el Vista Alegre. Conoce a Panchito Carbó, forman un dúo sin mayores consecuencias. Después pasa a la orquesta Los Caciques, de Ciro Llerena. Rápidamente se dan cuenta que el cantor tiene condiciones y comienzan a reclamarlo: Nene Enrizo, Manuel Soroa, Vitalino Matías, Calixto Varela, Ramoncito García y Estela Pérez.

La radio lo va divulgando en 1933 con la orquesta de Antonio María Romeu, la de más empaque en la ciudad. Entonces los empresarios aprovechan las controversias entre Fernando Collazo –otro gran ídolo de multitudes–, Abelardo Barroso, Alberto Aroche, Joseito Fernández, Paulina Álvarez, Joseíto Núñez, Barbarito Diez.

A partir del 1935 monopolizaba la atención de los oyentes radiales, en 1936 ya se encontraba en la cúspide; aprovecha con mucho acierto el micrófono que se estrenaba en la radio, según afirma el maestro Manuel Villar.

La popularidad se dispara, recibe en las emisoras cientos y cientos de cartas de admiradoras, que lo adoran como a un astro de cine. Le pedían autógrafos, canciones, frases, pensamientos; en aquellos tiempos la canción contaba con mucho fervor.

Pablito no vivió muchos años, solo 28, la tuberculosis no le permitió vivir más tiempo, el mito se aceleró, el maravilloso rapsoda intérprete cubano magnífico de nuestra música popular ha muerto… «Un duro desconcierto reino en la población cubana. ¡Quevedo ha muerto!» –decían todos. La musicóloga Dora Ileana Torres reitera que la noticia de la muerte rayó en la histeria colectiva. El cortejo fue uno de los más numerosos de los que se haya conocido en Cuba, el pueblo ama a sus ídolos.

Después de la muerte de Pablito, muchos siguieron su impronta, uno de ellos fue Ñico Membiela que, casualmente también cantó con la Charanga de Cheo Belén Puig.



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