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Los maestros del placer: Guillermo Portabales

Fecha de Publicación: 2019-07-08 16:11:38


José Guillermo Quesada Portabales (Rodas, Las Villas, 6 de abril de 1911/ San Juan, Puerto Rico, 25 de diciembre de 1970) es uno de los grandes íconos de la música de todo el continente nuestro.

Se caracterizó por su forma cantable urbana, de la guajira introducida por los autores líricos con el género del son. De esa manera se fue creando una imagen campesina más amable, menos agresiva y rústica, desde la visión urbana, idílica, sin cielos nublados, ni bohíos destartalados, sin pobreza, ni sequía, una imagen de placidez y belleza del campo ¹.

El cantor pasó su juventud en Cienfuegos, donde comenzó a trabajar desde los once años de aprendiz de tipógrafo.  A los diecisiete inicia sus conocimientos de guitarra, regala serenatas  y dice adiós al oficio para cantar con las compañías de variedades que pasan por Cienfuegos. Con una de ellas se va para Santiago de Cuba, donde se queda trabajando por un tiempo. 

Su repertorio, por aquel entonces era de trovador: canciones, boleros y algún tango.  Un buen día, para una obra teatral tenía que cantar un punto guajiro y, en vez de hacerlo en forma ortodoxa, con voz nasal y estridente, Portabales lo cantó a su aire, suave con su voz de barítono.  Acababa de inventar una nueva modalidad.

Desde entonces se le consideró “el creador de la guajira de salón”. Con su hermosa voz y su prestancia se hizo famoso de inmediato, acompañado de su guitarra o un conjunto. Tuvo muchos seguidores y admiradores y ayudó a cantantes que empezaban como Evelio Rodríguez, Coralia Fernández y Ramón Veloz.

En 1937 viaja a Puerto Rico donde se convierte en un ídolo radial.  Se casa con una dama puertorriqueña en 1939 y, auspiciado por el mismo producto que anuncia en Puerto Rico viaja a Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador y Panamá.  Hace sus primeras grabaciones para la RCA Víctor desde 1937 a 1939 y regresa a La Habana.  Se mantiene como artista muy popular en Cuba hasta 1953, hace giras por el Caribe y Nueva York y a partir de ese año se radica definitivamente en Puerto Rico, como parte importante del panorama musical cotidiano de la isla y viajando de cuando en vez por el Caribe.

Se mantuvo mucho tiempo cantando en el Cecilia´s Place, afamado restaurante de San Juan. Estuvo activo y muy solicitado hasta su muerte en un accidente automovilístico.  Grabó varios Lp en la década del sesenta, en los últimos veinte días antes de su muerte.  Con su estilo único divulgó extraordinariamente dentro y fuera de Cuba la música guajira cubana, hasta entonces rechazada por el estilo peculiar de sus otros intérpretes.  Como compositor, dejó un clásico de la música popular cubana: El Carretero².

A mis manos llegaron unas notas sin firma y las reproduzco, en espera de poder encontrar a  su autor:

“Portabales confesaba cantando que era hijo del Siboney, aquella raza exterminada de mi tierra por la espada y la cruz extranjera. Tal vez fue su manera de decir que pertenecería a la vasta memoria del dolor.

Cantaba aquellas, en medio de un mar caliente de guajiras lentas, elegantes, bucólicas hasta enfermar de tanta palma que susurra, y la vastedad de pájaros aleteando junto al arroyo de la ensoñación. Con su voz entró el campo cubano al egoísmo de la gran ciudad; sus montes de añoranza, y el campesino solemne que enarbolaba su soledad a gritos.

Él anunció esa gigantesca capacidad de amor que tiene el hombre de la tierra; lo hizo aire en el mismo aire, para que nadie fuera sorprendido en el asalto: “Tú verás cómo quieren los guajiros/ tú verás”.

Quien le escucha, deja entrar en su sangre la naturaleza bravía de mi isla; los ríos que escapan de la sierra, el zumbido diminuto del tomeguín, la paloma augurando el crepúsculo, para que vengan a instalarse las estrellas límpidas sobre el fulgor de los mangos. Y bajo el cielo adormecido, un hombre recorre los caminos, hecho de fuego y madera, tierra profunda él mismo en el aroma de una savia que no reposa.

Lo consideraron rey de un género, la guajira de salón, que puede sonar muy ajeno a la telúrica pasión del montaraz, y cuyo padre fue Jorge Anckermann, con la obra “Toros y gallos”, puesta en escena en el teatro Lara, en septiembre de 1899. Las voces de Pilar Jiménez y Adolfo Colombo sembraron en el viento esa joya titulada “El arroyo que murmura”, primer tema de un estilo que esperaba la gracia sencilla de Portabales para otorgarle el cetro.

Fue dueño de la picardía y del fervor. Rodeado por guitarras de limpia canturía, su voz, levemente acerada, dice, con sorpresivo reposo las palabras mágicas del monte, como si con esos conjuros fuera creando el olor salvaje del entorno, dibujándolo en el interior humano hasta hacerlos respiración y contraseña.

Desde que nació, le persiguió como un incendio el esplendor del tocororo. A la manera de un príncipe que inaugura su estirpe, debutó a los 19 años en la emisora CMHI. Pero su sombra tuvo trono en 1939, cuando grabó “El vaivén de mi carreta”, el quejido aplastante que Ñico Saquito escuchó en el alba de los pobres.

El año 1944 le bañó de esplendor en la patria cubana. El pueblo le encontraba diariamente en “Rincón criollo”, un programa radial de la CMQ, que escuchaban hasta las piedras del camino. En 1948 repitió la fórmula, multiplicándola. Guillermo Portabales entraba a los hogares a las diez de la mañana y a las nueve y treinta de la noche, y fue uno más en la familia, hijo y hermano, la dulce esperanza de un paisaje distinto en la asfixia de muchos.

Fundó sonidos distintos: un conjunto con su nombre, y los tríos Habana y Cuba. Ya había descubierto tres años antes la isla semejante que sería su segundo amor y su tumba: Puerto Rico. Por ello es múltiple, diverso, hombre de dos paisajes que en esencia se unen bajo el calor del Caribe. El punto guajiro huele a veces a jíbaro en la cuerda de su inquieta sangre inacabada. En Borinquen estableció su corazón a partir de 1953, por negarse a cantarle a un dictador.

Declaró ese amor haciendo suyos estos versos premonitorios de Rafael Hernández: “Como yo no soy de piedra/ algún día moriré. / A mi borincana tierra/ mis despojos dejaré”. Fue su despedida latente. Su legado.

En 1960 grabó un manojo de canciones en Radio Progreso. Salieron editadas en lo que resultó ser su más amplio y definitivo éxito disquero: “Aquí está Portabales”, como anhelando permanecer entre nosotros. El tiempo cruel no le permitió más regresos. El 25 de octubre de 1970 moría en un accidente de tránsito en Puerto Rico.

Las palmas, los arroyos, la yagruma solemne, la caoba de triste reciedumbre, todavía le esperan. Y en lo que se decide a regresar, está en ellos.Es el amanecer y sus contornos. Lo van silbando los arrieros. Sube y baja del monte. Se ha confundido con la tierra”.

Algunas de sus interpretaciones más conocidas:

“Amanecer”, “Al vaivén de mi carreta”, “Barracón”, “Bohío”, “Añoranza”, “Ven a gozar”, “Paisaje”, “Habanera ven”, “Bajo un palmar”, “Como arrullo de palma”, “Mi cabaña”, “Bella Cubana”.

Entre sus composiciones se cuentan: “Nostalgia guajira”, “Cuando salí de Cuba” y “Cumbiamba” y su emblemático tema “El carretero, casi un himno campesino que, ahora revive Eliades Ochoa en aquel proyecto que celebra su aniversario 20 y más: Buena Vista Social Club.

NOTAS:

¹- María Teresa Linares, El punto cubano, Oriente, S.C, 1999, p.96

²- Cristóbal Díaz: Diccionario de la Música Española e Hispanoamericana, Fundación. Autor, Madrid, 2000.



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