
Alguien debe poseer dones especiales, para llevar en sus alforjas los Premios Nacionales de Literatura (2007) y de Música (2014), sin ser un músico de trayectoria ampliamente conocida por el público común, ni un escritor cuyo universo de seguidores rebase el espectro de los lectores especializados.
Ese es el caso de Leonardo Acosta Sánchez (1933-2016), investigador, escritor, periodista, ensayista, saxofonista y musicólogo cubano, pero sobre todo, un hombre que convivió con dos grandes amores: el arte de los sonidos y el de las escrituras.
Comenzó sus andanzas musicales bien temprano, persiguiendo «…la furia del tango, el repertorio amplísimo y la voz timbrada de Pedro Vargas, el asombroso deje de la orquesta de Antonio María Romeu…», al decir de Marta Valdés.
Luego estudió solfeo y teoría, apreciación musical; trompeta; saxofón, armonía; instrumentación, orquestación, contrapunto, formas musicales y composición. Con Frank Emilio aprendió cómo aplicar la armonía a la improvisación del jazz.
Trabajó como saxofonista en agrupaciones de diferentes formatos, entre ellas las orquestas Riverside, Julio Gutiérrez, Beny Moré y Rafael Somavilla, además en el Grupo Loquibambia –en el saxo alto–, al lado de Frank Emilio, José Antonio Méndez, Rosendo Ruiz Quevedo y con grupos propios, entre ellos el Hot Rockers, de rock and roll.
En los años 70 del pasado siglo su trayectoria realizó un importante giro y compuso la partitura para la cinta del ICAIC Prisioneros desaparecidos, coproducción cubano-chilena, bajo la dirección de Sergio Castilla; y para documentales de Sergio Giral, Sara Gómez y otros; participó, como fundador, del Grupo de Experimentación Sonora (1969-1972); actuó como solista, saxofón alto, en la obra “Erotofonías”, de Juan Blanco (el otro solista fue Leo Brouwer en la guitarra), y en “Exaedros”, de Leo Brouwer, en la que tocó la flauta recorder, fue dirigido por Hans Werner Henze, en estreno mundial en Cuba.
Hacia 1959 Acosta se lió a la empresa periodística y cultural de la Revolución Cubana y comenzó a publicar artículos de exuberante enjundia como periodista de la agencia Prensa Latina y luego la revista Revolución y Cultura.
En el ejercicio del mejor oficio del mundo –según la conocida expresión de García Márquez–, Acosta contribuyó a acentuar en Cuba una clara diferenciación entre el periodismo «farandulero» y el periodismo «cultural». Sobre el periodista del medio farandulero apuntó que: «se complace en el culto al ídolo, a la estrella, en el ditirambo o a la censura malintencionada, el chisme, el sensacionalismo o en el mejor de los casos en la anécdota cierta o falsa», en el que «no hay ninguna información seria ni mucho menos análisis».
Del periodismo cultural opinó que «sólo es posible cuando el periodista tiene conocimientos previos sobre el tema y sabe cómo enfocarlo pero principalmente «cuando se está claro que lo importante en un artista –en este caso un músico– es su obra, lo que ha hecho y cómo lo ha hecho, y no la ropa que viste ni sus hábitos sexuales ni sus gustos gastronómicos».
Ensayista de altura en José Martí, la América precolombina y la conquista española (1974) y en Imperialismo y medios masivos de comunicación (1976), erudito –y polémico– carpenteriano en Música y épica en la novela de Alejo Carpentier (1976), El barroco de Indias y otros ensayos (1985), y Alejo en Tierra Firme: intertextualidad y encuentros fortuitos (2005) –Premio de la Academia Cubana de la Lengua–; coleccionista de versos propios con El sueño del samurai (1988) o narrador intuitivo en Paisajes del hombre (1967), Acosta Sánchez fue un escritor cuyas musas galoparon sin bridas.
Por estos rumbos, la afición musical y la literaria entrecruzaron sus caminos. «Las dos cosas tenían que reunirse…», escribió en una ocasión, «pero sucedió en los años ochenta cuando me percaté de que si no me apuraba a iniciar mi investigación había una historia que corría el riesgo de perderse».

Con un excelente y amplio aparato conceptual, Leonardo Acosta, abordó asuntos candentes de la música del tercer mundo en textos como Música y descolonización (1982); de la historia, la práctica y las personalidades de la música cubana en Del tambor al sintetizador (1983); Elige tú que canto yo (1983), Otra visión de la música popular cubana (2004); Móviles y otros ensayos (2010); Entre claves y notas… Rutas para el pensamiento musical cubano (2014); o la historia del jazz en nuestro medio y su relación con esta manifestación artística en Un siglo de jazz en Cuba (2001).

Este breve asomo a la extensa y riquísima obra de Leonardo Acosta permite comprender cuánta razón acompañaba al director del Museo Nacional de la Música, Jesús Gómez Cairo, cuando valoró la significación de dicha obra con estas palabras: «Es un enorme legado, primero como músico práctico; como instrumentista tuvo una larga trayectoria y después desde la música misma se convirtió en un investigador profundo que a lo largo de años fue desarrollando una obra musicológica de gran envergadura, esencialmente sobre temas de la música cubana».