
Ernesto Lecuona es, por diversas razones, una de las figuras cimeras de la música cubana y latinoamericana. Creo que su mayor estatura la alcanzó en la composición. Es, sin lugar a duda, el más famoso compositor cubano y quizá el más, o uno de los más, importante del siglo XX, porque abarcó todos los géneros, conoció, disfrutó e incorporó las raíces fundamentales de la tradición cubana en un lenguaje que se va de cualquier terminología. Si fuéramos a catalogar a Lecuona, a tratar de encerrarlo en un pequeño grupo de palabras, lo cual es muy difícil cuando se trata de un talento, hubiera que decir que más que clásico y más que popular, Lecuona es esencia. Yo creo que Lecuona es síntesis de la música cubana.
Uno de sus mayores aportes, si no el mayor, y por lo menos con el que más me identifico, sin entrar a analizar su teatro lírico y sus canciones, es sus danzas para piano. A mi juicio, toda su obra pianística, pero en específico las danzas, las afrocubanas, las cubanas, la suite española, agrupan un conjunto de cualidades que lo hacen sumamente eterno. Para mí son un paradigma, son irrepetibles y ante ellas no existía nada similar.
Lecuona sintetiza en esas danzas, además de valores estéticos. Los mejores valores pianísticos del siglo XIX y de principios del XX. Su pianismo, que sigue siendo original y específico, capacita y prepara para interpretar cualquier obra, desde Frank Liszt, Federico Chopin y llega a entroncarse con el mundo de Bartók y Prokofiev. No puede llamarse pianista cubano quien no conozca a fondo la obra de Ernesto Lecuona.
Desafortunadamente, las confusiones originadas a raíz de su salida de Cuba en 1961 y su prematura muerte dos años después, trajeron como consecuencia un rosario de tabúes. Esto, unido al oportunismo de mucha gente envidiosa y otra confundida, obró para opacar un tanto la producción de Lecuona y no promoverla, con honrosas excepciones como Odilio Urfé, Esther Borja, Huberal Herrera, por citar algunos. Por otra parte, se limitó el campo de la divulgación fonográfica, tan importante en estos años, hasta que decido, por suerte para mí, treinta años después de que Lecuona grabara su Lecuona Plays Lecuona, en 1955, hacer el disco Lecuona-Gershwin. Me enorgullece haber incorporado a mi repertorio y al de mis alumnos la obra de este compositor.
Creo que nosotros le regalamos el patrimonio Ernesto Lecuona a la emigración; por eso quise unirme con ese gesto a los que en el curso de los años habían mantenido vivo su espíritu y hacerlo patente en las grabaciones. A partir de ahí, de alguna manera Lecuona se institucionalizó, aunque no fuera de puño y letra, en los programas de estudio, y todo el mundo en las escuelas comenzó a interpretarlo. Hoy es un hecho real, e incluso tenemos la dicha de que se haya creado un Concurso Internacional con su música. Veo no muy lejano el día en que su obra esté presente no solo en Cuba como ya lo está, sino en todas las escuelas y conservatorios, por lo menos de Latinoamérica.
El aporte de Lecuona a la pianística latinoamericana es definitivo, sin embargo he podido comprobar que internacionalmente no es una obra reconocida en su gran dimensión. Y la pianística lecuoniana, más que un disfrute estético, es una escuela. Lecuona resume el mundo que ya mencioné de Liszt, Chopin, pero también el de Cervantes, Saumell y otros grandes pianistas de nuestra tradición. Él contribuye de una manera extraordinaria, no únicamente al desarrollo de una técnica pianística de un rango internacional,, porque la mayor fama de Lecuona se debe a sus canciones, a sus zarzuelas, y alguna que otra danza para piano, como "La comparsa" y "Malagueña", que tanto han sido arregladas y orquestadas por medio mundo.
En esa promoción recibida por Lecuona, se pierde un poco el extraordinario valor de su pianismo, que, además de ser un reto para cualquier gran intérprete, como decía Odilio Urfé, tiene como virtud llevar implícitos todos los elementos pedagógicos. No creo que se propusiese esto último, fue su enorme talento el que lo llevó a hacer esas danzas, las cuales independientemente de ser un reto, y de su dificultad, nunca son un trauma para el desarrollo pianístico, sino una meta a alcanzar y un puente hacia el gran pianismo.
Lecuona tiene la talla de los mejores pianistas del mundo, pero por razones personales, y quizás socioeconómicas, dejó de dedicarse al concertismo para hacer sus propias composiciones, las cuales tocaba en dos segundos por muy difíciles que fueran. Mi maestra de piano Margot Rojas, a quien él dedicó su danza "Lola está de fiesta" y con la que incluso tocó a dos pianos en algunas oportunidades, me comentó que Lecuona le había dicho en una ocasión: « Margot, yo necesito estudiar ocho horas diarias para tocar las obras de Chopin y, sin embargo, yo toco mi música apenas la termino de componer».
A primera vista podría parecer un facilismo, pero habría que ser mucho más serio en el análisis para poder llegar a una verdead. Cedo el lugar a los investigadores para valorar eso, si es que fuera importante valorarlo porque, de cualquier manera, en el concertista que no terminó de desarrollarse o que no floreció en el ámbito internacional como tal, ganamos este gran compositor. Algo que no he mencionado y creo que tiene un valor extraordinario en Lecuona, es su trabajo de promotor cultural. Él, por su generosidad, nunca dejó de pensar en los demás. Cómo olvidar sus conciertos tocando a varios pianos con otros colegas, promoviendo jóvenes valores, sus embajadas artísticas al exterior, su sencillez al componerle una canción a cualquier intérprete que la necesitase, tomando en cuenta sus tonos, sus características.
Ernesto Lecuona es de una dimensión tan alta en la cultura cubana que, obviamente, como decía José Martí, tenía que despertar envidia, celos y enemigos. El apóstol dejó escrito un pensamiento que justifica, en alguna medida, además de las condiciones ligadas a su salida de Cuba, el otro aspecto por el cual Lecuona fue un poco dilatado o momentáneamente no promovido. Martí decía:
Triste es no tener amigos, ero más triste debe ser no tener enemigo. Porque […] el que enemigos no tenga señal es que no tiene, ni talento que haga sombra, ni carácter que impresione, ni valor temido, ni honra de la que murmurar, ni bienes que se le codicien, ni cosa buena que se le envidie.
Ese pequeño letargo que hubo con Ernesto Lecuona, pensando martianamente, demuestra que tenía demasiadas cosas buenas.
"La Comparsa", por Frank Fernández:
En la interpretación del Maestro Frank Fernandez, se escucha con los oídos del Alma, el Plus Musical y Sentimental que plasma en grado superlativo a melodía La Comparsa del Inmortal También Maestro de Maestros Ernesto Lecuona. frank Se escucha que el maestro
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