
Fue un pianista de cualidades innatas sobrenaturales. Dicen que cuando el francés Maurice Ravel lo oyó tocar, comentó que lo oído era más que piano, mientras que Adolfo Salazar lo calificó de ejecutante perfecto. Ambos se referirían al pianista Ernesto Lecuona, cuyas condiciones innatas para el instrumento no pocos consideraban sobrenaturales.
Para el musicólogo Orlando Martínez las manos de Lecuona, eran sencillamente garras de león envueltas en seda. Tenían un gran alcance en el teclado, lo que a la hora de componer le permitía introducir décimas simultáneas no arpegiadas. Así lo hizo en composiciones como “Malagueña” y “Ahí viene el chino”, dos temas convertidos en un verdadero dolor de cabeza para otros pianistas a la hora de ejecutarlos.
Lecuona vivió durante algunos años en el poblado capitalino de Santa Fe... Allí se estableció para mejorarse del asma que padecía, pero también encontró inspiración para algunas de sus más brillantes melodías.
El autor de conocidos temas como “Siboney”, “María la O” y “Damisela Encantadora” era también un hombre sencillo, modesto y solidario con todo el que necesitara su ayuda. De sus exitosos viajes por el extranjero siempre traía regalos a sus amigos y a cada trabajador de su casa sin olvidarse de ninguno.
Además de destacado pianista, Ernesto Lecuona fue también un fecundo compositor y para muchos el más universal entre los creadores cubanos del siglo XX. Su producción musical abarcó más de 600 títulos, incluidas 70 danzas para piano, algunos boleros y hasta una ópera.
Su obra vocal es muy amplia y sus canciones más populares siguen viajando por el mundo en las voces de excelentes intérpretes cubanos y foráneos. Como otros músicos nacidos en la villa habanera de Guanabacoa, Ernesto Lecuona es también una gloria del pentagrama nacional y universal, y para la cultura cubana un músico eterno.