Audio Real Internet - Radio Cadena Habana



Lecuona: Bromista y un poquito irónico

Fecha de Publicación: 2018-11-05 09:15:01


Ernesto Lecuona en su Finca La Comparsa

Primero que todo admiré su extraordinario talento para el piano. He escuchado a Brailovski, Rubinstein, Pollini, a casi todos los grandes pianistas universales, y no he sentido nunca una sonoridad tan hermosa como la de Ernesto Lecuona. Ninguno me ha conmovido como él. Y, es curioso, aunque trabajé junto a él muchos años, y por nuestra gran amistad visité su casa durante muchísimo tiempo, nunca lo vi estudiar, nunca lo vi hacer escalas, arpegios, ni ningún trabajo técnico. Ni aún para recuperarse de la operación de su dedo pulgar, luego de un accidente, lo vi hacer ejercicios sistemáticos. Utilizaba una pelota de goma para flexionar la mano. Según dicen los entendidos en ello, de haberse dedicado, hubiera sido uno de los pianistas más grandes de este tiempo.

También componía con gran facilidad. En cada concierto estrenaba diez, doce, catorce, un número interminable de piezas. Y era algo muy especial, porque lo hacía en cualquier circunstancia; alrededor de Lecuona lo único que no podías era cantar o hacer otro tipo de música. En la finca La Comparsa, por ejemplo, podías sentarte a conversar en la sala que estaba frente a la habitación donde tenía el piano y su escritorio, y a él no le molestaba en absoluto. A veces yo llegaba muy temprano en la mañana y estaba allí sentado componiendo.

Él amaba mucho la tranquilidad de su casa. En su finquita si no estaba escribiendo, andaba en un camisón grande, aseando, regando las plantas, viéndolo todo

En una oportunidad que no podían comunicarse con él porque estaba allí en La Comparsa, vino una comisión a verme porque querían que el maestro y yo fuéramos una presentación, no me acuerdo dónde.

Cuando nos vemos, le digo: «Maestro, estuvieron en casa porque quieren que hagamos un recital… Maestro, ¡lo pagan muy bien!». Y se me queda mirando con esa sonrisa un poco melancólica que tenía y me dice: «Borja, yo no cobro por tocar el piano; yo cobro por vestirme».

No era una persona que trabajara por ganar más. No era amante del dinero; a él le entraba y le salía como si tuviera un agujero en cada mano. Por eso me dolió que entre las muchas injusticias que después se cometieron con él, lo acusaran hasta de ladrón, por un asunto de la Sociedad de Autores. Fue una persona que nunca tuvo dinero d él y que no hacía ostentación d nada material porque tenía su mundo lleno con su música.

Él se sintió muy lastimado y ofendido por lo que publicaron determinados elementos. Entonces fue cuando me dijo: «Estoy pensando poner un poco de distancia en todo esto, hasta que estas cosas desaparezcan». Lamenté mucho que en ese momento de su vida, ya no tan joven, se viera precisado a alejarse de su país, conociendo el trabajo que le costaba vivir fuera de él. El día antes de irse fui a su finca, pero no nos despedimos definitivamente. Como él no podía vivir fuera de Cuba, siempre pensé que nos volveríamos a ver pronto.

Amaba a España tanto como a Cuba, sin embargo, estaba una temporada en ese país y ya clamaba por volver. Lo atraía su vida aquí, sobre todo en el campo. Se sentía feliz en una pequeñas quinta cuidando sus árboles de mango, de aguacate; viendo sus flores, criando sus animalitos…, en fin, en el ambiente bucólico nuestro. Tenía una página muy hermosa, "El canto del guajiro", que demuestra con cuánto sentimiento él veía nuestro campo.

No se supo valorar lo que había hecho con su talento, su inspiración, su lucha y con sus necesidades, que también pasó; cómo estuvo un poco marginado. Le dieron una connotación política a su salida del país, cuando en realidad fueron los asuntos de orden moral los que lo llevaron a sentirse mal en Cuba. Si no estaba de acuerdo con el régimen, nunca me lo comunicó. ¿Que no era comunista? Sí, lo sé también, pero existían muchas personas que no eran comunistas y tenían los mismos principios morales y éticos de la Revolución. Él no era político; quería que Cuba estuviera bien, con gobernantes honestos, como hemos querido todos los buenos cubanos, pero la política no era tema que le robara tiempo.

Me molestó ver con qué facilidad se menoscababa su prestigio. Sentí mucha soberbia cuando un señor me contó que había ido a visitar la finca de Ernesto Lecuona y le habían dicho: «Esta era la finca donde Lecuona hacía sus bacanales y sus orgías». La gente ve a los artistas como gente anormal. No pueden pensar que un artista lleve una vida tranquila en su casa, como cualquier prójimo. Allí no se hacía nada que estuviera fuera de la más estricta decencia y que pudiera herir a la persona más puritana. Bacanales ninguna. A una le duele que se hubiera tratado con tanta desconsideración a esta figura, que tanto prestigio ha dado a nuestra patria.

Yo le tenía un gran afecto. Aun cuando no hubiera compartido con él interioridades ni intimidades, yo sabía cómo sentía y a través de qué cosas se mostraba su cariño. No tenía necesidad de que me dijera: «Yo la estimo mucho». Había oído cosas de lejos que me halagaban, pero no me las decía a mí, porque no era muy expresivo en ese tipo de cosas.

Esther Borja y Ernesto Lecuona

Tampoco se dejaba impresionar con facilidad. En los primeros tiempos, supe que había ganado en algo su aprecio cuando regresó de un viaje a México y me dijo: «Le traigo un regalito». Me sobrecogí, porque no soy una persona proclive a usar pendientes largos, pulseras ni orfebrerías, y me dije: «¡Ay, Dios mío, qué me habrá traído y voy a tener que usar!». Me comentó: «Vaya mañana por casa». Así lo hice, y entonces vi que venía con una cubierta de papel pautado, como una carpeta, que contenía muchas páginas escritas. Me sorprendí con aquello porque me dijo: «Esto lo escribí pensando en usted». Eran las canciones con versos de José Martí. Podrán imaginarse; eso me llenó de terror, ni siquiera de asombro, ni de halago que, naturalmente, estaba intrínseco en lo que había dicho. Era un compromiso para mí, no sabía si era capaz de interpretarlas y de hacerlas en la forma en que él las había concebido. Y son tan hermosas que me dediqué con el amor y el interés más grande a estudiarlas al pie d la letra, que no faltara un detalle, con todas las aplicaciones, los calderones, las notas tenidas, en fin con toda la belleza que tenían; y así fue el éxito. Gustaron muchísimo.

En otra ocasión, de gira por primera vez con [Sigmon] Romberg, cuando recorrimos cuarenta y cuatro estados, desde Nueva York hasta California, llegamos a San Antonio de Texas, y al salir a cantar mi parte en el escenario, miro hacia el público y me encuentro a Lecuona sentado en la primera fila del patio de butacas, haciéndome señas con la mano, como diciendo: «Ya ves, estoy aquí», cual un muchacho que hacía una travesura.

Yo lo había dejado en Nueva York en septiembre y ya habían pasado como seis u ocho semanas. ¡Cómo iba a imaginar que me l iba a encontrar en San Antonio de Texas, sentado en la primera fila! Tenía ese tipo de cosas, que eran muestra de consideración y de respeto.

Era muy agradable y, entre las personas de confianza, le gustaba hacer bromas en las que era un poquito irónico. Por ejemplo, nos daba el guión para que estudiáramos la partitura en la casa y, como no le gustaba machacar con repeticiones, cuando nos citaba a ensayo debíamos tenerla aprendidas. Pero, claro, dentro del grupo estaba alguna madre de familia que muchas veces no tenía mucho tiempo y llegaba sin haber estudiado. Entonces él tocaba una vez esa parte y cuando veía que no la captaban, volvía su rostro muy parsimoniosamente y le decía: «Chica, ven acá, ¿tú te peleaste con Eslava?». (Hilarión Eslava fue el autor de un método de solfeo); y cuando ella se disculpaba, le contestaba: «Está bien, vamos a dejarlo a ver si la próxima vez te lo sabes» y pasábamos a otro ensayo.

Esa comprensión y sencillez del maestro nos imponía a todos una reciprocidad: la gente lo respetaba y lo consideraba, sentía orgullo de trabajar con Ernesto Lecuona.

"Noche azul"

 



Envíenos su Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Todos los campos son obligatorios *



Nombre Requerido*
Email Requerido*

Comentario Requerido*

Normas a los Comentarios
 - Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
 - No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
 - Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.




Directora General: Yolanda Paris Camino
Programación e Información: Miriam Isabel Rojas Calderón
Grupo Informativo: Dennys Medina la O


Redacción Digital

Editor Jefe: Félix A. Bolaños Leyva
Editores: Aralís Gómez González y Francisco Martínez Chao
Webmaster: Mabel Peña Styo
Traductor: Pedro A. Fanego

Contacto

Teléfonos: (537) 838-1670 (Pizarra)
- 7 838-1484 (Dirección)
Redacción Digital: 7832-4917
Cabina de Transmisiones: 7838-1478 y 7838-1479
Email: cadenahabana@cmch.icrt.cu
Sitio web: www.cadenahabana.icrt.cu



Copyright 2018 Radio Cadena Habana. Todos los Derechos Reservados