
Existe un clamor general para que las autoridades de la ciudad apliquen ordenanzas contra el ruido musical y el ruido de todo tipo: desde los bici-taxis (que parece que ya están algo más controlados), los choferes de ómnibus (que están algo descontrolados) y ahora algunos personajes que pasean por la ciudad con una especie de “cajita” cargada de música estruendosa.
Los musicólogos tienen el desafío de escribir sobre estos temas socio-antropológicos que enfrentamos hoy en día. Se debería hacer un estudio de la música en todos los aspectos, como pide el Consejo Internacional de la Música (CIM), de la Unesco. Estudiarla en relación con la salud, la educación, su impacto social y hasta en la esfera legal.
Siempre existió música callejera ruidosa, que es un fenómeno artístico y cultural urbano desarrollado desde la Antigüedad en el contexto del arte callejero. Puede tomar vuelo por uno o varios intérpretes, con o sin instrumentos de acompañamiento o aparatos musicales.

De ahí que los ruidos en esta ciudad provocados por la música estrepitosa no sea un asunto exclusivo de la actualidad, la gente de la colonia era víctima de la invasión de los ruidos. Uno de los más resonantes era el rugido de los trenes o tranvías que corrían por las calles sonando la campana. A ello había que agregarle el de los muchos pregoneros voceando, con su canasta en la cabeza o sentados sobre el lomo de mulas y caballos.
La gente del vecindario y los asistentes al Liceo de La Habana se quejaban a través de la prensa, porque las voces de los cantantes líricos se oían alteradas y los palcos de la ópera eran afectados por la “gentualla”, la “faramalla” de la colonia; lo comprobamos a través de una queja aparecida en el Faro Industrial, del 26 de marzo de 1851, donde se dice que tal escándalo se debía a que los caleseros al «son de sus destemplados tiples y acompañados por golpes de palos sobre la tabla trasera del carruaje, o los rayos de la rueda, entonaban cántico infernal en lenguaje medio africano y medio bárbaro». Los amantes del bel canto les hicieron la guerra frontal a esos atrevidos difusores de la música no oficial.
Todo aquello me recuerda a lo que sucede hoy con la música de los raperos y los reguetoneros. Pero aquí no termina el tema, las letras escandalosas eran muchas: Entra, entra guabina / por la puerta de la cocina /. A la "Guabina" la consideraron entre las letras más «puercas, indecentes y majaderas que se puedan pensar». Otras podrían ser:
Panetela para la vieja, / baja la pata, baja la pata.
Un negrito zalamero / a una negra enamoró / y una tarde en el potrero / a coquitos la invitó/.
Yo salí muy tempranito / de mi casa una mañana. / Con el rengue, rengue, rengue, / con el rengue, rengue, ranga/.
Estas letras eran juzgadas por las clases más pudientes: «Esa "Guabina" sabe a cuantas cosas puercas e indecentes y majaderas se pueda pensar». El Regañón, del 20 de enero de 1801, catalogaba a esos textos, como "La morena", "La matraca", "La cucaracha", y "El cachirulo": «llenos de obscenidades. Lo más deshonesto, subversivo y escandaloso del mundo».
Buena parte de la capital tenía fama de ser una ciudad muy alegre en aquellos tiempos coloniales, según la prensa de la época:
Todo el día se oyen tocar danzas, ya en las casas particulares, ya en los órganos que andan por las calles, a cuyos sonidos suelen bailar los paseantes. En La Habana, particularmente de extramuros, se puede decir que sus habitantes viven en la calle. Los soirées, las tertulias… hasta horas tardes en las casas particulares.
Añádase a lo anterior las retretas. La banda militar del gobierno tocaba de siete a nueve de la noche “la ópera del pobre”, mientras los serenos daban la hora, cada treinta minutos y en caso de necesidad daban voces de alarma, como hoy Radio Reloj. Al final terminaban con “Sereno” (-tiempo sereno-), por eso le llamaban serenos.
Como vemos, toda sociedad procura sus ordenanzas, sus leyes de comportamiento y su estabilidad cultural y social. Música sí, pero a su tiempo y en su lugar.