
No sé cuántos poemas y canciones se han dedicado a La Habana, esa hermosa ciudad que reposa abrazada por el mar y arrullada por el viento que, a veces gentil o tremendo, recorre sus largas venas cada día. Solo sé que mi ciudad, a la que llegué para estudiar hace ya muchos años, tiene un ritmo interior fértil y deslumbrante que obliga a soñar a quien la habita.
Casi cinco siglos dominando el tiempo y el espacio de esta parte del mundo, La Habana es la ciudad de la música, pues alienta la inspiración del artista como una musa pródiga. Basta recordar las sábanas blancas que hicieron volar a Gerardo Alfonso, la voz de terciopelo de los Zafiros cantándole a una Habana de ensueños que perdura en la memoria o la movida salsa sobre la especulación de esta ciudad alegre como pocas.
La tradición oral transmitió por generaciones la música dedicada a la ciudad hasta que, con el devenir del siglo XX, comenzaron a grabarse en diversos soportes, esos verdaderos himnos a la belleza y magia de la urbe. Gracias a ello podemos escuchar la música escrita para su ciudad por Juan Formell, Marta Valdés o presenciar junto a Tania Castellanos el espectáculo estremecedor de un atardecer habanero.
Para esta habanera por adopción que hoy escribe emocionada esta crónica de la metrópolis que la acogió y donde conoció el amor y educó a sus hijas, las calles de sus barrios atesoran cultura, música, hermosas tradiciones en una peculiar simbiosis de arte y vida que son un verdadero regalo para los sentidos.
Por eso, aquella mañana de cumpleaños, antesala de esos 500 años que ya se avistan, me dije asomada al balcón: ¡Felicidades mi bella ciudad, sigue creciendo desde nuestro interior hacia el futuro iluminado y azul que te espera! En el aire, bandadas de palomas se sumaron a esta congratulación íntima, mientras desde alguna casa próxima la voz de Gerardo Alfonso hacía otear sábanas blancas desde los balcones.