
Además de ser reconocido como «el primer cubano que experimentara en el ámbito de la música concreta, electrónica, aleatoria y espacial», Juan Blanco (Mariel, Cuba, 1919-La Habana, 2008), confesó a este cronista que Ernesto Lecuona y María Teresa Vera resultaron básicos en su formación, en tanto que representantes de la nacionalidad cubana.
Blanco estudió en el Conservatorio Municipal de La Habana y su obra, dentro de la cual podemos citar "Tríptico coral", "Cantata de la Paz" y Contrapunto espacial II", empezó a ser conocida desde los años cincuenta. A lo largo de su carrera compuso música para ballet, para espectáculos al aire libre y, aunque no mucha, también para cine.
Cabría observar, sin embargo, como apunta Helio Orovio, que si bien ha sido un innovador en otras zonas del quehacer musical, en su condición de autor de partituras especialmente elaboradas para este medio, siempre en correspondencia con «las exigencias de cada película», Juan Blanco «se muestra relativamente más conservador».

La Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, que reunía en su seno a creadores e intelectuales de izquierda, en su múltiple quehacer, durante los años cincuenta dedicó especial atención al cine. Esta institución se regía por el lema "Traer el pueblo al arte". Por aquel entonces, un grupo de jóvenes progresistas, entre los que encontraban Julio García Espinosa, Alfredo Guevara, José Massip y Jorge Haydú, decidió filmar El mégano. En aquel colectivo, en tanto que autor de la música de un documental que se volvería precursor del cine cubano revolucionario, también figuró Blanco.
El mégano, atrevido para su época, filmado en 16 milímetros y en blanco y negro, denunciaba la miseria de los carboneros de la Ciénaga de Zapata y, por extensión, del campesinado cubano. Aquel material, subversivo entonces, por supuesto que no le hizo ninguna gracia a la dictadura de Fulgencio Batista.
Al crearse el ICAIC, tras el triunfo revolucionario, Blanco continuó vinculado al mundo del cine. En breve tiempo, su nombre apareció ligado a documentales, películas de ficción y dibujos animados. En el camino colaboró, además, en un filme de marionetas: El robo.
La música de Blanco fue el contrapunto necesario a las imágenes de Esta tierra nuestra, un documental de 1959 que precede a la creación del ICAIC y que constituyó la primera actividad fílmica de la sección cinematográfica de la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde. Dirigido por Tomás Gutiérrez Alea, este documental fue protagonizado por auténticos campesinos que antes de 1959 experimentaron en carne propia los abusos de la Guardia Rural.
Gutiérrez Alea y Blanco volvieron a reunirse en Las doce sillas (1962), simpática comedia que en su momento, e incluso después, gozó de gran aceptación popular debido, entre otras razones, a sus protagonistas: Enrique Santisteban e Idalberto Delgado.

En días como éste, de 1964, fue el segundo filme de ficción en el que, en calidad de compositor, intervino Blanco. Aquel año, Ogú, dibujo animado de sol seis minutos de duración y con fotografía de Raúl Pérez Ureta, contó con su música.

Como autor de la partitura de La inútil muerte de mi socio Manolo (1989), un controvertido filme de ficción demasiado apegado a su origen teatral, su virtud y su mayor defecto, Juan Blanco regresó al cine tras una larga ausencia. Con solo dos personajes y estupendamente actuada por Mario Balmaseda y Pedro Rentería, su música, sin temor a equivocarme, un tercero imprescindible, jugó un papel capital dentro de la estructura dramática de la puesta en pantalla de dicha obra. Y hasta aquí la filmografía de este excelente compositor.
A continuación El Mégano, documental dirigido por Julio García Espinosa, con música de Juan Blanco: