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Ignacio Piñeiro, el poeta del son

Fecha de Publicación: 2018-05-07 11:32:53


Ignacio Piñeiro, el poeta del son

Ignacio Piñeiro Martínez  es un músico de fundación, uno de los tres reyes del son. «Habanizó» el ritmo de la zona oriental de Cuba y fue un auténtico paladín de la música americana. Echó salsita a la música de toda América. Según Emilio Grenet, Piñeiro «hizo la transformación del montuno del son, a la canción bailable».

Fue el fruto afroeuropeo de una negra de herencia africana, Petrona Martínez y un asturiano llamado Marcelino Rodríguez Sánchez. Lo del apellido Piñeiro le viene, según datos de Omar Vázquez, de los tiempos juveniles en que trabajaba de carretonero, cuando su hermano Prudencio transportaba las mercancías del puerto hasta la bodega de Piñeiro. Ese es el apellido que adopta  en el arte, ya que la gente siempre decía «ahí vienen los Piñeiro». En aquellos tiempos muchos pobres asumían el apellido de su jefe, o de alguien de importancia económica, como fue el caso de Arsenio Rodríguez, cuyo nombre original es Arsenio Travieso Scull.

El gran músico nace en el folclórico y marginal barrio de Jesús María, en el entorno del puerto de La Habana; pero muy temprano fue a vivir con su familia para el barrio de Pueblo Nuevo (La Victoria). Conocía el ambiente de Jesús María, Los Sitios, Atarés, El manglar y  San Leopoldo.

Estos barrios eran una especie de “tribu”, como le dicen ahora, ghettos, donde sonaban los tambores selváticos, santuarios de la música cubana. Piñeiro se fue relacionando con babalawos, ñáñigos, negros congos lucumíes. La Victoria fue un barrio de prostíbulos llamado Pajarito, mucho antes pululaban cabildos africanos, congos y lucumíes que metían miedo. «Pero yo no les tenía miedo, para mí era cosa natural. Me tomaban como mascota, como mandadero, y yo aprovechaba para que me enseñaran los trucos y secretos de su misteriosa música venida de tan lejos, de la intrincada África ancestral. Desde niño me interesaba escuchar las conversaciones de los negros sabios; yo lo absorbía todo, como una esponja».

Eran tiempos de la Guerra de Independencia, de oleadas de inmigrantes, del gran momento de la gestación de muchos de los ritmos populares cubanos. La pobreza asolaba el país y la guerra arruinaba la población.

«Te puedo contar –habla Ignacito– que muchos de los niños conspirábamos ¡cómo no! Toda mi vida he conspirado haciendo música. Jugábamos a la guerra entre cubanos y españoles y la guerra ardiendo, entonces componía mis decimitas: "Alto quién va/ ¡la guerrilla!/ muchachos machete en mano/ que esos son nuestros hermanos/ pero de mala semilla.../ vagos, mal entendidos/ borrachos y pervertidos/ que por una sola perra/ venden a cuba/ su tierra/ la patria donde han crecido"».

Fueron muchos los trabajos que tuvo que ejercer Ignacito: estibador en el puerto, carretonero, limpiador de mondongo, tabaquero, albañil; pero siempre quedaba tiempo para la música, cantaba en coros escolares, y su mamá cantaba como un ruiseñor. Trasteaba el tres, la guitarra, el contrabajo y los tambores. En aquella época todos los negros tocaban tambores en los solares que eran una especie de conservatorios percusivos. Se estima que el niño  fue autodidacta, aunque en 1928, le confiesa a Roberto Branly: «Estudié algo de música sobre 1928, con los Métodos de  Slava y el Solfeo de los solfeos. Conozco  la guitarra, el tres, el contrabajo y los tambores. Toda clase de ritmos.

Coros de clave

En los inicios del siglo XX las autoridades prohíben las expresiones de tambores afrocubanos, ello obliga a la creación de coros de clave y guaguancó. Según Martha Esquenazi, bajo esta denominación se conoce a una serie de agrupaciones corales que surgen a imitación de los orfeones españoles –a veces vinculados a los cabildos de antecedentes africanos– que proliferaron en La Habana y Matanzas desde el siglo XIX. Generalmente se integraban por guitarra, clave y viola (banjo sin cuerdas percutido); un guía (clarín o clarina). Cantan a cuatro voces, dos femeninas y dos masculinas.

Con mucha precocidad el niño –ya con diez años– se va integrando a piquetes musicales, está relacionado con la creación de la “clave ñáñiga” y de fundir la guajira con el son en 2/4. Pero es a los 16 cuando se une a la clave El timbre de Oro, al poco tiempo lo nombran director. «Cuando aquello no se percibían “emolumentos” (honorarios), era por amor al arte. Mi mejor recuerdo lo guardo cuando en los barrios trabajaba por amor al arte. Después, al tener que cobrar para vivir, perdió su romanticismo».

Piñeiro se profesionaliza con su entrada al el grupo más popular de guaguancó de la época, Los Roncos –llamados así porque cantaban muy claro–. También transitaría por La Unión, de Pueblo Nuevo, La discusión, Juventudes, Los Sitios, Arpa de Oro, Moralidad, El Botón de Oro, de Jesús María; muchas de estas agrupaciones integradas por cientos de voces.

Rafael Ortiz precisa:

Ignacio Piñeiro era ante todo un poeta del son; así lo llamaban porque conocía con profundidad los cantos de clave, el yambú y la tahona, complementos y antecesores de la rumba, la guaracha y el son. Tenía también grabaciones de música abakuá, y era un excelente rumbero. Pero con respecto al son, no hay quien lo iguale, no habrá otra estrofa como aquella de que “el son es lo más sublime para el alma divertir, / se debía de morir quien por bueno no lo estime”.

Septeto Nacional Ignacio Piñeiro        

En octubre de 1926, Ignacio Piñeiro se une a María Teresa Vera, en el Septeto Occidente, con el objetivo de actuar y grabar en Nueva York. El proyecto surge a petición de la gerencia de discos Columbia a la cual pertenecía María Teresa Vera.  Ignacio Piñeiro, según cuenta Eduardo Hernández (Nandín), la quería muchísimo. «Siempre estuvo enamorado de ella. No sé si sería un amor platónico, un cariño de hermano o de artista. Ella le enseñó a tocar contrabajo, para que fuera tocando en el Sexteto Occidente».

Anteriormente, en octubre de 1926, antes del ciclón, Ignacio Piñeiro había viajado en un barco de pasajeros llamado Havana Red, grabaron y tocaron en el mítico teatro Apolo a teatro lleno. Al regreso tocaron en una academia de baile, posteriormente, por razones religiosas, María Teresa abandonó su actividad musical y Piñeiro decidió fundar su propio Septeto Nacional, que más adelante le llamarían Septeto Nacional Ignacio Piñeiro.

La agrupación sonora echa a andar entre el mes de octubre y diciembre. La organización, según el investigador Jesús Blanco, fue en Pocito 56 –altos– en Pueblo Nuevo, con los siguientes integrantes: Ignacio Piñeiro (contrabajo y director), Bienvenido León (voz segunda), Juan de la Cruz Hermida (tercera voz y manager), Alberto Villalón (guitarra), Francisco M. Carriera Incharte –el Chino– (bongoes), Francisco González, en realidad llamado Francisco Solares González y conocido como Panchito Chevrolet (tres).

En 1927 el Septeto Nacional debía grabar en New York y es entonces cuando se integra el cantante Abelardo Barroso –sustituyendo a Juan de la Cruz–  y Lázaro Herrera en la trompeta; así la agrupación se convierte en septeto.

En 1929 el Septeto emprende nuevos cambios, se presenta un decisivo viaje a España a la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Entonces se integra Cheo Martínez por Barroso y Agustín Gutiérrez sustituye al Chino Incharte en los bongoes. El guitarrista Eutimio Constantín  reemplaza a Alberto Villalón.  En la delegación se incluyó a Juan de la Cruz para hacer dúo con Bienvenido León y el acompañamiento de Eutimio en la guitarra. Durante la travesía en barco, el 2 de julio de 1929 fallece Cheo Martínez –lo lanzan al mar–, pero con el refuerzo del tresero Panchito Chevrolet y la voz de Juan Cruz, se resuelve el problema. En España se les une la bailarina Urbana Troche que aporta una dimensión bailable desconocida en estos países, y alcanzan un éxito total llegando a presentarse ante el Rey de España. En la Exposición Iberoamericana de Sevilla se alzan con la Medalla de Oro, que celebran a todo dar, en el hotel. Uno de los huéspedes, un sacerdote se puso furioso, pero el frenesí de la música pudo calmar al sacerdote para que brindara por el éxito y bailara hasta la madrugada. Lázaro Herrera recordaba que en esa gira hasta los reyes se movieron al son de la música. Recorrieron toda España en 1929; en aquellos tiempos los españolitos no tenían ideas de que existiera una música tan caliente. 

En 1930  se presentan en La Habana en el cabaret Sans Soucí con la pareja de Margot y Elpidio. En 1931 Alfredito Valdés sustituye a Juan de la Cruz. En 1933 viajan a la Feria Internacional de Chicago, allí filman un corto musical titulado El frutero. Entre 1935 y 1937 el Septeto se disuelve En 1937 Bienvenido Granda (voz prima) entra y comparte con Marcelino Guerra (voz segunda). Se presentan en el cabaret La Campana, con la pareja de Alfredo y Aida. En 1938 aparecen en Radio Cine de la calle Galiano.  En 1940 Alfredito (voz prima) viene de vuelta, con Bienvenido León (voz segunda). En esta misma fecha graban sones con Miguelito Valdés y se presentan en CMQ y COCO, según narra Cristóbal Díaz Ayala, en su libro Cuando salí de La Habana.

Compositor

Las composiciones de Ignacio Piñeiro son incontables, algunos dan la cifra de 350. El músico habanero era como esos viejos bardos, rapsodas y griots africanos que guardaban cientos de creaciones. A veces olvidaba muchas de sus obras:

 …me robaban muchas melodías, pero tenía montones de reserva con mi oficio natural de componer como decimista de los grupos. Todo lo que escuchaba a los viejos tradicionales se me pegaba, me inicio en la composición inventando la melodía y acompañándome  de dos palitos: las claves. También componía a través de la guitarra. Yo buscaba otro estilo, caminos nuevos. Conocí todos los parches y el zapateo, conozco todos  los estilos: la tahona, y sobre todo lo más grande, el son. Hice guajiras bailables, trasladé el tiempo de la guajira al compás de dos por cuatro  del son. Mi son genuino –conocido como "Alma guajira"–, es el que abre el camino de la guajira-son que, cantaba Cheo Marquetti.  Recuerdo que al inicio hacía parodias de Calderón de la Barca.

El trompetista Lázaro Herrera me reveló que Ignacio Piñeiro era el autor más cotizado de su tiempo, «porque su música estaba muy elaborada y era lo más profundo de los soneros. Imagínate que le sacaba una rumbita a cualquier estornudo, traía siempre alguna composición salida de la calle».

El musicólogo Cristóbal Díaz Ayala precisa que Piñeiro llevó a cabo importantes innovaciones, «por un lado rompió con la métrica establecida al componer al margen de la cuarteta e incorporar versos más libres. Este acercamiento con la trova redundó en la factura de sus textos, en algunos de los cuales se advierte un aire del estilo y el lenguaje trovadoresco». Por su parte, el locutor de Radio Progreso, Eduardo Rosillo, adiciona que Piñeiro introdujo el lirismo en limitadas posibilidades que ofrecía el son, logrando una evolución más amplia en lo musical y lo temático.

El poeta Raúl Ferrer escribió: «Piñeiro logra una cristalización melódica de la música cubana, sacada de acertadas combinaciones de donde salieron las variantes de maravilla (mambo, chachachá)». Hoy añadiríamos a la salsa latina, cubana y mucho de lo que se hace en el Caribe.

El investigador Tomás Jimeno me comentó en una entrevista que observa en Piñeiro una síntesis representativa del músico creador, proveniente de ancestros religiosos. «Tiene una complicidad conectada con la rumba y la religión que se insertan automáticamente, con naturalidad, con la impregnación inconsciente. Funde el son con la rumba y la música abakuá».

En 1932 visita La Habana el compositor estadounidense George Gershwin y frecuenta la estación radial CMCJ, donde se presentaba el Septeto Nacional, allí entabló amistad con éste y recogió anotaciones musicales de las obras del cubano compositor. Fruto de estas anotaciones es "Obertura cubana", en la cual Gershwin utiliza temas del son-pregón "Échale salsita". Esta composición se inspira en las butifarras de El Congo, que se vendían en el pueblo de Catalina de Güines. El musicólogo Helio Orovio considera que se trata de una de las obras maestras más ingeniosas del son cubano, poesía pura.

En Estados Unidos, IP viendo la gente caminar por la avenida Broadway –la más famosa del mundo– al ver una típica cubana con el sabroso «meneíto» la interroga y, al comprobar su cubanía, le inspira: «Esas no son cubanas/ la cubana es la perla del Edén/ la cubana es bonita y baila bien».

Ignacio Piñeiro cambió las cuartetas típicas soneras por estrofas más elaboradas, incluyendo la décima. En New York también se inspira y escribe "Suavecito", dedicado a una mujer llamada Carola que vivía en la ciudad de los rascacielos. En España al Septeto Nacional le llamaban “Los Suavecitos”, motivados por esta canción de Piñeiro.

La obra de Piñeiro abarca múltiples temas: el amor, la Patria, la política, los temas filosóficos, bucólicos, satíricos, humorísticos y hasta infantiles. Según la musicóloga Miriam Villa, «Piñeiro logra una diversificación más aventajada que sus contemporáneos (...) En muchas de las obras el texto asume un carácter narrativo en verso (...) Enriquece el ámbito estructural con varias combinaciones que van desde la conformación del llamado largo o recitativo inicial en dos frases repetidas con motivos contrastantes que llevan al montuno».

Algunos de sus clásicos sones: "Échale salsita" (1932), "Esas no son cubanas" (1926), "No juegues con los santos" (1928), "Suavecito" (1930), "El castigador", "El buey viejo", (1931), "La cachimba de San Juan" (1931), "Mentira Salomé" (1932), "Bardo", "Entre tinieblas", "Cuatro palomas" (1924), "Entre preciosos palmares" (1932), "Tupy" (1934), "Quién será mi bien" (1908), "Dónde estabas anoche" (1908), "Desvelada" (1932), "El rey de los bongoseros" (1926). Compuso sones, guaguancó-son, guajira-son, bolero-son, pregón-son, criolla, carabalí, guaracha-son, afro-son.

Ignacio Piñeiro sigue guiando los senderos de la música cubana; muchos de los ritmos, los modos, las variantes de la música actual, tienen las células, el concepto, la estructura de lo que el genial músico dejó para la historia.

Bibliografía:

Oropesa Fernández, Ricardo. “Ignacio Piñeiro, Pontífice de la rumba”, revista Clave, La Habana, no. 1-2, 2008, p. 43.

López-Nussa, Leonel, citado por Omar Vázquez, La alborada del primero de enero, La Habana, feb. 2008, p.3.

Lam, Rafael. Polvo de Estrellas (Cantantes cubanos), editora Adagio, La Habana, 2010.



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