Lidia Martínez Santos es una nonagenaria cubana que ha residido siempre en la villa de Guanabacoa.
Allí su sensibilidad y su voluntad le posibilitaron amar las mejores cosas de la vida y a luchar por ellas desde muy temprano. Logró trabajar como enfermera, pero su vocación humanitaria la condujo por los caminos del arte, la música y la literatura.
Ese talento le permitió entender desde muy joven que Cuba necesitaba cambios radicales que barrieran una época de oprobios que solo terminó la Revolución en el poder.
A Lidia le brotan los versos cuando ocurren hechos que la hacen estallar y así ocurrió cuando nuestro país tuvo un líder y un Primero de Enero luminoso.
Aunque desde hace algún tiempo ella no puede moverse de su sillón de ruedas para participar en cada tarea y continuar sus peñas en la Casa de la Cultura guanabacoense, sí se mantiene al tanto de cada acontecimiento de su localidad, del país y del resto del mundo.
También permanece cerca de su teléfono para colaborar dando ideas que todos agradecen por la experiencia y el carisma de esta anciana tan especial.
Y cuando se trata de homenajear al Comandante en Jefe, Lidia está entre los primeros. Enseguida muestra sus mejores recuerdos, la vez que estrechó la mano de Fidel y sus pensamientos escritos sobre el gran líder cubano.
Su admiración y respeto por él comenzó en su mocedad. Ella, incluso, le dedicó un poema antes de 1959 y lo guardó celosamente. Luego, cuando la obra revolucionaria era un hecho indetenible, pudo decirlo a viva voz.
El agradecimiento de Lidia Martínez Santos al guía de nuestro pueblo por haber cambiado el rumbo de la Patria se evidencia en la pasión de sus versos. Sus palabras no son las de un intelectual, son el sentir de una cubana humilde, que con la victoria del Ejército Rebelde volvió a nacer.
A partir de ese momento Cuba fue verdaderamente libre, gracias a la sabia dirección de un hombre certero en cada idea y en cada decisión.
El poema se titula: “Mi Patria ¡al fin!”
Patria querida,
cuánto te soñé
como eres ahora,
desde muy pequeña
sentía el deseo
de ayudarte a andar,
¿Dónde estaba el guía?,
¿dónde la esperanza de poderlo hallar?
y seguía esperando,
escribiendo todo mi sentir
y pasaba el tiempo
y con él soñando
mejor porvenir.
Un día escribí:
por Cuba daría mi humilde inteligencia
Y hoy, al brindar mi aporte,
sencillo y humilde,
fue con más conciencia,
conciencia que estaba
en nuestro interior
esperando el día
en que fuimos libres
al salir el sol.
Ya la libertad
que todos sentimos,
por la que luchamos
y vivimos hoy,
es firme por siempre,
no es el sueño aquel.
El guía y la esperanza
es nuestro Fidel.