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Uno recuerda, y también recuerda que recuerda, y se ve uno mismo en una esquina recordando cosas. Yo estaba en Ayestarán esperando el cambio de guagua cuando compré el periódico Revolución para leer lo que ya había gritado el repartidor, y aunque sabía más o menos que estaba enfermo, me agarró de sorpresa ese grito noticioso que anunciaba aquella cosa extraña: Benny había muerto la noche anterior.
¿Para qué hablar del duelo popular por todos conocidos que la prensa reflejó y luego se ha evocado tantas veces? No leí apenas, ni pude ir al entierro. Pero recordaba, y veía pasar las escenas como en una película vieja a la que faltan algunos rollos y los demás están estropeados. La memoria siempre nos traiciona en alguna parte: es una película gastada, tirada en algún archivo o almacén, o puesta y respuesta por un proyeccionista aficionado e irresponsable. Luego queremos convertir eso en historia, y ahí están los historiadores profesionales y responsables. ¡Qué poco podemos hacer por ellos! Solamente tratar de recordar lo que hemos ido recordando a ratos, poniendo la vieja película una y otra vez, desgastándola, y ver qué cosa sale de eso, ¡y comprobando que es tan poca cosa!
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Se cuentan muchas anécdotas de Benny y se le dedican muchos ditirambos. Para componer un ditirambo habría que ser poeta, y para reunir sus anécdotas hace falta un reportero con sentido del límite. Las anécdotas sobre Benny pueden llenar un libro, pero deben seleccionarse y no confiar demasiado, porque hay quienes exageran para hacer de la anécdota algo así como una fábula de Lafontaine. En cuanto a los ditirambos, lo que más molesta es que son frecuentemente convencionales, y en ocasiones ni siquiera son sinceros. Quien haga la prueba de ir a una hemeroteca y comparar las críticas que le hacían al Benny en vida y los elogios que le dedicaron luego de su muerte, quizás llegue a la conclusión de que en este mundo hay que morirse para que hablen bien de uno. Había que ver lo que comentaron cuando Benny, en el Teatro América, se quitó los dientes recién estrenados para cantar más cómodo; dijeron que era un grosero, que no respetaba al público, etcétera. O cuando dejaba "embarcado" al pobre empresario del Ali Bar, el único que no protestaba. Y después "descubrieron" que era una gema y qué sé yo cuántas cosas más. Y los airados supercríticos y los teóricos del "facilismo" en nuestra música nunca se han atrevido a afirmar que hay nada cursi en esa canción que dice: «¿dónde está mi mamá?», ni han encontrado nada machista en una letra que termina diciendo: «yo sería capaz de dejarte sobre la tierra tendida». En vida de Benny no lo hubieran soportado, porque él estaba mucho más vivo que nadie. Ahora lo quieren convertir en un santo.
Lo bueno de él es que se reía de todo eso y seguirá riéndose ahora mismo. Si no, que se acuerden los que están poniendo sus discos en la victrola, y llegó él y la desconectó y les dijo que ese cantante no servía. Si su figura no fuera tan inconfundible, lo hubieran matado. Y Benny los resarció con un recital privado, cantando en vivo un segundo a sus propios discos. Hay quien se toma a sí mismo demasiado en serio, lo que hay en el fondo refleja inseguridad. Quien no se considera deudor de sí mismo ni acreedor de nadie, es capaz de reírse de sí mismo y bromear con los demás, y su alegría es siempre sana y contagiosa. Ese era el caso de Benny.
Cuando alguien le decía que Fulano o Zutano hablaban mal de él o querían jugarle sucio, comentaba: «¡Déjalo, el pobre!». Claro que en casos extremos era capaz de darle un cabillazo a un empresario, o aceptar el reto de un cantante (Rolando Laserie) a quien él mismo había ayudado y que se atrevió a proclamarse mejor que Benny cantando guaguancó. Benny le contestó en un "mano a mano" y encima de eso dejó constancia, en grabación memorable de que lo mismo podía cantar un mambo que un son montuno, una rumba, un chachachá, un bolero o un guaguancó. Él solo decía: «Elige tú, que canto yo». Y aparte de todo eso, era un verdadero maestro de la trova. Cantaba con la misma soltura los géneros más disímiles sin dejar de ser siempre él. Cosa poco frecuente y nada fácil.
En los boleros, si sus dúos con otros cantantes son antológicos, prefiero oírlo cantar solo, ya sea en los tradicionales o en esos números que algunos se empeñan en encasillar bajo el rótulo de feeling y que él cantó como nadie, a su manera. Desgraciadamente, en los tres meses escasos que estuve en la banda teníamos que tocar casi siempre lo mismo, los números entonces de moda, lo que resultaba monótono. Pero nunca sonaba igual cada vez que empezaba: «Hoy como ayer…». Y entraba nuestra sección con dos corcheas en anacrusa, descendentes por semitonos, para cuadrar con una negra en el primer tiempo del siguiente compás y luego un pasaje que empezaba con doce semicorcheas, hasta la entrada de las trompetas con toda la banda a doble tiempo. Hay cosas que se recuerdan bastante bien.
Algunos de sus números me parecen geniales, como "Santa Isabel de las Lajas". Cierto que la parte de los saxos era insoportable para quien tuviera que tocarla: una sola frase de cinco notas repetida hasta el infinito… Pero la concepción total era inmejorable. Y si otras piezas del mismo corte eran más flojas ("Cienfuegos" parecía concebida a retazos, y "Maracaibo oriental" me pareció francamente mala), las improvisaciones de Benny las salvaban. Por ejemplo, cuando entra a improvisar en "Maracaibo…" repite los dos primeros versos con esa voz vibrante en el registro agudo, y en el quinto verso cambia para el grave, como nadie ha podido hacerlo antes ni después, y convirtió "Arrullo de palma", de Lecuona, en una nueva creación, en algo nuevo. Sin necesidad de educación académica, y creo que palabras como rallentando o accelerando no entraban en su léxico, lograba que la banda acelerara o retardara el ritmo como solo he visto hacerlo a los tambores batá, y los matices del diminuendo o el crescendo los hacía muy a su manera, cuando se paraba frente a la orquesta y decía, por ejemplo: «Que se oiga, pero que no se oiga». O cuando paraba aquel famoso: «A gozáaaaaaaa…».
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Una tarde, después de ensayar y sonar la banda desafinada, noté cierto malestar en el ambiente. Citaron para un ensayo al día siguiente y no fui más, ni avisé ni dije nada. Poco después se fue Chombo. Me alegro de haber pasado unos meses con la tribu, pero no por eso voy a idealizarla. Y además, si el ritmo de Benny era inmejorable, el ritmo de vida era imposible. A él no lo vi en bastante tiempo, luego de pasada, dos o tres veces; un día se paró en seco, dudoso, y al fin me dijo riendo: «¡Claro, si tú fuiste de la tribu!». La última vez que lo vi venía como despistado por el vestíbulo del cabaret Tropicana, donde estaba actuando la banda. Llevaba una especie de enorme levitón brillante y cuando se cruzaba conmigo hizo un gesto como esbozando un lejano saludo.
Y cuando avanzó por la alfombre roja me daba la impresión de que no caminaba, más bien flotaba, se deslizaba elásticamente, como si fuera de goma o en lugar de huesos tuviera algún material más flexible, o como si caminara sobre una nube. Esa impresión no se me ha borrado y así lo veo transcurriendo por la vida y la memoria, siempre en movimiento. Ninguna imagen es capaz de captarlo, siempre se escapa. Por eso resultan ridículos todos los estereotipos y frases hechas para sacralizarlo, esas imágenes unidimensionales, íconos desgastados, que nada representan. Si malo dicen que era el slogan del "bárbaro del ritmo", peores son las frases hechas sobre el "genio popular" y "músico del pueblo". Sin duda es mucho más complejo penetrar en la personalidad humana y musical de Benny Moré, empresa que me parece más difícil aún dada la impenetrabilidad de un hombre aparentemente sencillo y obviamente directo, extrovertido y espontáneo. A veces la risa oculta más, y el canto es más misterioso que el silencio.
En ese vivir al día, volcado sobre el mundo y sus cosas, fundido con la música, en ese desapego y esa inmediatez se intuye una máscara, tras la cual se ocultan muchos sinsabores, años de hambre y pobreza, años anónimos de errabundo juglar trovadoresco. Ese transitar por tiempos de miseria, que minan su organismo y engendran ya la enfermedad hepática que lo llevará a la muerte, es el trasfondo y a la vez el reverso de la otra faceta que todos conocemos, centrada en la avidez nunca satisfecha de canto y vida, como quien sabía que debía andar de prisa, pues era poco el tiempo que le estaba reservado. Desde sus primeros triunfos, apenas quince años; ahora muchos más llevamos recordándolo, oyéndolo en su voz y en las voces de otros, en cada sonido de nuestra mejor música, porque todos le debemos algo ‒elige tú, que canto yo‒ y seguirán vibrando en su voz los aires de la Isla, y su ritmo animará todo nuevo ritmo, y también, fugaz y perenne pasajero del tiempo, nos quedará siempre Benny en la memoria.
NOTA: Este artículo es un resumen del que fuera publicado, con el mismo título, en la revista Revolución y Cultura, en 1978, y que luego fuera incluido en el libro homónimo que viera la luz por Ediciones Unión, en el año 2014, en ocasión de que se le dedicara al autor la Feria Internacional del Libro, Cuba 2015.