
Recuerdo que en una ocasión, un promotor cultural dijo, a propósito de una joven intérprete, que la misma «…cantaba como los ángeles».
Este relator ─que a ciencia cierta no sabe cómo cantan estos seres inmateriales, ni si realmente tienen voz para hacerlo─ apuntó, para no ser menos, que si los míticos querubines cantaban de algún modo y lugar, esa voz y ese sitio pertenecía por entero a Liuba María Hevia.
Por entonces, no podía ocultar mi enamoramiento platónico por la chica nacida en la capital cubana, el 14 de diciembre de 1964. Confieso que no me importaba no verla entre los ganadores del programa televisivo Todo el Mundo Canta.
Pero tuve mi festín con sus canciones caracterizadas por un alto nivel poético; variedad melódica, rítmica y temática: "En el surco de la ternura", "Si me falta tu sonrisa", "Tu amor es el canto mío", "Coloreando la esperanza", entre otras, escritas por ella o por Ada Elba Pérez, con quien desarrolló una formidable colaboración artística.
Ahora que la cantautora anda celebrando sus 35 años de andanzas por el mundo de la canción, reconozco que se apaciguaron los ardores juveniles, pero no por ello disminuye mi admiración por la trovadora.
Ahora reverencio la estrella de esta mujer que siente «los mismos sustos», «las mismas preocupaciones», de los inicios, la que también es Embajadora de Buena Voluntad de la UNICEF.
Me inclino ante una de las más destacadas cantautoras cubanas de todos los tiempos, que sembró y siembra en «el surco de la ternura», y anhela, de todo corazón, continuar «coloreando la esperanza».