
La décima forma parte de la vida del cubano, se dice que hasta hablamos en octosílabo. Ya lo definió la escritora Mirta Aguirre: “y es Cuba de cuerpo entero porque ella nació primero y nuestro pueblo después”.
En los campos de esta isla la décima empezó a vivir con gran libertad. Humildes improvisadores la elevaron hasta la categoría de arte. Entre los más grandes hay que ubicar a Justo Vega.
Justo Vega nació en agosto de 1909 en el poblado de Cabezas, en Matanzas, y estaba destinado a convertirse en un clásico de la música campesina.
De procedencia humilde, comenzó a trabajar en el campo siendo niño aún. Cierta tarde volvía de la jornada dura y escuchó las notas del punto cubano. Sorprendido e incrédulo asistió a una primera controversia. Allí mismo giró su vida. Lo supo: eso era lo que quería hacer: improvisar.
Con esta decisión Cuba adquirió a uno de sus más genuinos cantores populares. Durante muchas décadas alegró al corazón campesino. Su pareja con Adolfo Alfonso fue una de las más representativas de la controversia en Cuba y entre las mejores del repentismo nacional.
Justo Vega se presentó en los más exigentes escenarios de la música campesina en Cuba y siempre salía airoso. Con Adolfo Alfonso hizo época. Ambos dejaron muchas clásicas controversias. Precisamente en el combate de los versos alcanzaba gran estatura el poeta de Cabezas, aunque era bueno además en los pies forzados. Sin tener una gran voz, manejaba con acierto las palabras y se hizo imprescindible a la música campesina.
Justo Vega es un símbolo de la cultura cubana, un hombre humilde que ascendió con su talento y esfuerzo a la popularidad en este país. Los seguidores de la música campesina le recuerdan en diálogos brillantes en el programa televisivo “Palmas y Cañas”. De carácter fuerte y verso sólido, el poeta se llenó de admiradores.
Cierta vez un periodista quiso que Justo Vega definiera algunos conceptos esenciales. En la conversación se demostró, otra vez, la raíz humilde del repentista y el amor por lo suyo. Para él, el símbolo de la cubanía era la palma real, esa dama alta, reina de los campos, a la que tanto cantó con la mejor creación.
Le impresionaba la justicia como virtud humana y situaba la desvergüenza como defecto imperdonable. Este cantor de los cubanos disfrutaba especialmente el momento de ser besado por su mujer, prefería cultivar flores y regalar versos, y odiaba la rutina. Sus fiestas preferidas, por supuesto, eran las canturías campesinas y la bebida favorita, la leche de vaca.
Para trabajar, a Justo Vega cualquier hora le resultaba buena y hubiera preferido hacerlo en las 24 horas. De los descubrimientos científicos la electricidad le impresionaba, el mar le infundía temor y le subyugaba el misterio del cosmos. Se consideraba a sí mismo una especie de juglar contemporáneo, entusiasmado por el aplauso popular y con un ideal de mujer: “la que no miente jamás, ni en el amor ni en el odio, ni en el placer ni en el dolor”.
Una vez le preguntaron por el epitafio que preferiría para su tumba. Respondió: “Viví para servir y no he servido para nada”. Nosotros pensamos diferente. Creemos que dejó su huella en nuestra música y aún sigue cantando. Y la vida de Justo Vega le alcanzó para volver décima la esencia de su pueblo.