
Los que bien le conocieron afirman que podía aparecer de imprevisto, con la guitarra al hombro, en cualquier rincón de la Isla. Antonio Gumersindo Garay fue un espíritu andariego que incursionó en la talabartería, la acrobacia, la insurrección y quedó en la historia como el músico a quien Federico García Lorca llamó El Gran Faraón de la Música cubana.
Nació en Santiago de Cuba, se dice que un 12 de abril de 1867; aunque el día exacto es impreciso. Creció entre canciones, guitarras y tertulias caseras. Tal vez por eso no necesitó de mucha academia para crear composiciones perfectas, sin defectos, insuperables, al decir del maestro Ernesto Lecuona.
A los 12 años compuso su primera obra, “Quiéreme trigueña”, enamorado de la joven guantanamera María Mestre. Como él mismo decía, a orillas del río Guaso, nació su primera sindada: “No me olvides, mujer, ni un momento, / que tu amante por siempre seré, / quiéreme, trigueña, quiéreme, porque jamás yo te olvidaré...”.
En 1906 Sindo Garay se estableció en La Habana. En el ya desparecido Café Vista Alegre, de San Lázaro y Belascoaín, dio a conocer casi toda su obra, que muy pronto triunfadora, recorrió el mundo. Parroquiano habitual del célebre establecimiento, junto a otros grandes de la trova, amanecía allí, bohemio y parrandero, bebiendo sus buenas porciones de ron y cantando de segundo con su hijo, dúo que para muchos fue único.
Aquel genio musical vivió 101 años y estuvo casi 90 creando lo mejor de nuestra música: “Perla marina”,” Clave a Maceo”, “El huracán y la palma”, “Ojos de sirena”, “Retorna”, “Tardes grises”, hasta llegar a más de 400 canciones que se convirtieron en el mito de lo perdurable.
Su rica cadencia rítmica y fino dibujo melódico, son fuentes en las que han bebido los trovadores cubanos de varias generaciones. Dotado de auténtica inspiración, le cantó con igual amor al paisaje cubano, la mujer criolla, a los hechos de gran trascendencia en nuestra historia. Nada quedó de la vida cotidiana que él no haya traducido en música.
Solo “Germania”, “La tarde” o “La bayamesa” hubieran bastado para otorgarle el calificativo de genio a este músico-poeta del pueblo, que murió sin conocer la teoría de la música; que aprendió a leer y escribir por su cuenta, copiando las palabras que veía en anuncios y carteles.
Sobre ese fenómeno increíble, el famoso compositor Manuel M. Ponce inquirió: «¿Por qué ese espíritu inculto, casi silvestre, sin el caudal de conocimientos indispensables para producir obras artísticas, puede crear melodías bellas y armonizaciones perfectas? (...) ¡Quién sabe!».
Se me ocurre que la vida le regaló este don al hombre que la apreció al punto de componer a cada vivencia un canto y cuando arribó al centenario de su existencia, dejó dicho: «Ahora que cumplo cien años es cuando comprendo lo breve que es la vida».
El 17 de julio de 1968, contra su voluntad, se fue al cielo con su guitarra y su ingenio musical, porque el coro celestial precisaba de un maestro.
En el siguiente video Esther Borja interpreta "La tarde", de Sindo Garay: