
Corría el mes de julio de 1953 y ante la inviabilidad de un cambio democrático y constitucional, un grupo de jóvenes cubanos, luego conocido como la Generación del Centenario, ultimaba los preparativos para una acción militar contra el gobierno del dictador Fulgencio Batista.
Entre los participantes se encontraba un negro de 22 años de edad, amante de la poesía y de formación musical autodidacta: Agustín Díaz Cartaya.
Ya casi cuando estábamos concluyendo las prácticas de tiro se me acerca Fidel y me dice que es necesario que componga un himno para el movimiento. Le dije de inmediato que sí pues me tocó las fibras más sensibles en aquel momento. Más que una emoción fue una eclosión de sentimientos.
En primer lugar, porque si en algo yo pensaba en aquel entonces era en la necesidad de que los negros nos sumáramos a la lucha, cosa que no era muy frecuente en la Cuba de la seudo República, porque no nos daban la oportunidad. Para mí estar incorporado era ya suficiente, pero que fuera Fidel, el que lo había creado, quien me pidiera que escribiera un himno para el movimiento…
Era el 19 de julio de 1953, apenas tres días más tarde ya estaba compuesta la obra.
Cuando lo compuse no fue como "Himno del 26 de Julio", sino como "Marcha de la Libertad". En ese momento no podía saber aún ni el nombre del movimiento. Simplemente era el movimiento del Centenario en homenaje a Martí, cuyas ideas nos habíamos propuesto no dejar morir al cumplirse cien años de su nacimiento.
En la noche del 23 de julio de 1953, horas antes de la partida de los combatientes hacia la región oriental del país, Fidel Castro visitó en el habanero barrio de Marianao la casa de Hugo Camejo, jefe de la célula de Díaz Cartaya, quien le entonó las notas de su composición, la cual quedó aprobada entonces como "Marcha de la Libertad".
Fidel me señaló que no se podía olvidar la sangre que había sido derramada con anterioridad a nuestras luchas y así volvió a recordármelo luego en un papelito que envió desde la cárcel de Boniato. De esa forma se incorporó la estrofa: «La sangre que en Oriente se derramó/ nosotros no debemos de olvidar…».
Otro cambio que sufrió ya como "Himno del 26 de Julio" fue la de sustituir la palabra Oriente por Cuba, para evitar cualquier connotación regionalista, nos recuerda Carlos Faxas, popular compositor, pianista y arreglista de la época, quien se vio vinculado a la obra a finales de 1956, y quien dirigiera la grabación de la Marcha, el 15 de febrero de 1957.
El himno, conocido después como "Marcha del 26 de Julio", se reprodujo en placas de acetato cuya clandestina comercialización engrosaba los fondos del Movimiento y ayudaba discretamente a sostener la lucha en la Sierra Maestra.
Las emisiones de Radio Rebelde igualmente apoyaron su divulgación, del mismo modo lo hizo el polémico bolerista puertorriqueño Daniel Santos durante sus presentaciones por los Estados Unidos.
Como antes lo hicieron en la cárcel de Boniato y en el Presidio Modelo de la Isla de Pinos, los sobrevivientes a las acciones del 26 de Julio, la interpretación de la Marcha continuó estremeciendo los barrotes que encerraban a los luchadores por la libertad de Cuba.
Así lo atestigua Enrique Henríquez, un combatiente de la clandestinidad hecho prisionero en los últimos años de la década de los años 50 del pasado siglo:
En los años 1957 y 1958, cuando se cantaba el "Himno del 26 de Julio" en el Presidio de Isla de Pinos, no pensábamos en que nos iban a golpear, ni en bartolinas, ni en nada. Pensábamos que había que cantarlo.
El Himno era el arma de combate de nosotros. No había una Circular 4, ni una carta de algún familiar censurada, ni un paquete desvalijado de los que con tantos sacrificios nos enviaban los padres. Nada que no tuviera una respuesta; y la respuesta era cantando el "Himno del 26 de Julio”.
A lo que añade sentencioso y optimista: «Es un arma de combate para pasadas, presentes y futuras generaciones de cubanos. Yo canto el "Himno Nacional" con mucho amor y es mi Himno; pero el del 26 de Julio es innegable que tiene algo que lo lanza a uno a enfrentarse a lo que sea».
Escrito por Adalys Pérez Suárez para Perlavisión
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