
Les aseguro que no es uno de esos reptiles extinguidos, que motivó escribir al guatemalteco Augusto Monterroso uno de los cuentos más cortos de la literatura hispanoamericana.
Este iguanodonte semeja a un ser humano, aunque su cuerpo está dividido en cabeza, tronco, extremidades y reproductor digital de audio con una potencia que frisa los 45 watts.
Casi siempre logra sentarse en los asientos traseros de los ómnibus articulados o de pie en los pasillos de la sección trasera, con el fin de que el súper huracán sonoro que emite su equipo quiebre los tímpanos y azote las neuronas de los pasajeros.
La ensordecedora música que inunda la guagua (ómnibus en cubano) no es ni reguetón, ni hit hop, ni rap, ni el sancocho de estos géneros, es una rimbombancia aberrante con letras obscenas que ofenden a la mujer cubana.
Cuando subí al ómnibus A-40, línea que cubre el itinerario Habana- Guanabo, el dinosaurio (de unos 30 años de edad) estaba ahí con su aparato altisonante a todo volumen.
Miraba a su alrededor para disfrutar de la incomodidad de los viajeros, agobiados además por las altas temperaturas del verano, cuando una joven reencarnada con el coraje de la mujer mambisa le dijo firme: o lo apagas o te lo apagamos.
Fue entonces que el chofer detuvo el ómnibus a la salida del túnel de La Habana y con voz de mando sentenció: o lo apagas o te bajas aquí mismo.
De inmediato desconectó el equipo.
Por unos segundos el silencio funcionó como un medicamento contra la hipertensión. El conductor del vehículo colectivo puso en marcha el motor y al llegar a la parada del Hospital Militar Central Luis Díaz Soto, el sujeto descendió apresurado y sin la piel del dinosaurio.
En ese instante pensé que por su embriaguez con esa música de mala entraña, podría infartarse si tuviera que escuchar a Benny Moré, Tito Gómez, Barbarito Diez, Roberto Faz, la Aragón, Sindo Garay, Silvio Rodríguez y hasta los Van Van por solamente mencionar algunos cultores de la riqueza musical cubana.
Hasta dormí plácidamente en el viaje.
Cuando desperté en el ribereño pueblo de Guanabo, sentí una felicidad indescriptible porque el dinosaurio ya no estaba allí.