
Tal cual reza en la tarja del callejón del muro, donde dejó su último aliento Frank País García, el líder revolucionario no claudicó nunca en su fe en el futuro de Cuba, de su Patria. Consecuentemente, le fue la vida en ello.
A 61 años de aquella tarde trágica en que fue sorprendido, junto a su compañero de guerrilla Raúl Pujol, y acribillado a balazos con la carabina M-2 del esbirro Salas Cañizares, y luego rematado brutalmente por el jefe de los asesinos; a Frank se le recuerda con la reverencia que merece su ejemplo.
Eran solo 22 años, 22 intensos años con la responsabilidad asumida y bien llevada de la Jefatura de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio e integrante de su Dirección Nacional; organizador del Alzamiento del 30 de Noviembre en Santiago de Cuba en apoyo a los expedicionarios del Granma, y fuente de sustento indispensable para la guerrilla durante la fase nómada de la misma.
Eran las 2:30 pm del 30 de julio de 1957 cuando el jefe de acción y sabotaje del M-26-7 en Guantánamo, Demetrio Montseny, y el dirigente obrero en esa región, José de la Nuez, le dieron un abrazo a Frank País en la casa de Raúl Pujol, en Santiago de Cuba.
Lo que no sabían entonces: que aquel sería el último abrazo que le darían. Un abrazo simbólico, el abrazo que hoy le damos en la memoria los cubanos hijos de la Revolución por la que él murió.