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Al venir a La Habana, en medio de determinadas circunstancias personales, me relacioné estrechamente con las hermanas Martí, a las que vivo eternamente agradecida por su incalculable ayuda en mis comienzos artísticos en la capital, y ellas me llevaron a la vivienda de Bola, en Guanabacoa, para que me escuchase cantar. Yo no consideraba un hecho real tenerlo frente a mí en esa ocasión, envuelto en una bata de casa de cuadros escoceses. Me oyó con mucha atención y, al terminar de cantar, me dijo: «Usted es la única guajira que yo resisto con una guitarra en la mano».
Pasó el tiempo, llegó el año 1965, me encontraba en Santa Clara, y allá me envió un telegrama explicándome que empezaba con él en Monseigneur en tan solo unos pocos días. Por eso siempre afirmo que prácticamente comencé en el arte por donde se termina; compartir un escenario con Bola no podía significar un inicio. De inmediato partí hacia La Habana. Pero en Matanzas, sin yo saberlo, sacaron mi maleta del ómnibus y la dejaron tirada en el andén. Ya en la capital, padecí el drama de carecer del vestuario adecuado para debutar en Monseigneur al transcurrir una época difícil con respecto a la compra de ropa en Cuba. Menos mal que una señora me regaló un pullover y una saya de color negro y, gracias a dicho atuendo, iba a poder trabajar.
Vestida así, y con una sencilla cadena de plata que también me dieron, fui a nuestro primer encuentro en Monseigneur. Bola me estaba esperando en la entrada y al verme, de inmediato me quitó la cadena. Me dijo: «Usted no necesita más adorno que la canción». Aquello me impresionó mucho y no sé si luego influyó en mi decisión de nunca seguir los patrones del vedetismo, de romper el esquema de aquellos que solo conciben a una artista con plumas y lentejuelas, por lo cual algunos me han llegado a tildar de desaliñada, de no adornarme lo suficiente para salir a un escenario.
Debo decir que como fui la hija menor, una niña mimada en algunos aspectos, en mi nueva etapa en la capital me sentí bastante desamparada. Me casé, no resultó, tuve que elegir entre el hogar y la guitarra y todo eso influyó en la necesidad de recibir el apoyo de las hermanas Martí, Esther Borja y Bola de Nieve, que con sus consejos se convirtió en una especia de segundo padre.
Por ejemplo, una vez estábamos los dos en una mesa del restaurant y llegó un señor. Se puso a conversar y, en gesto de cortesía, me sacó su petaca, comparable con una obra de arte por sus incrustaciones en pedrería, etcétera. Cogí un cigarro y lo prendí. Bola sabía que yo no fumaba y, tan pronto se retiró el individuo, me preguntó: «¿Usted fuma ahora?». No, le respondí. «¿Y por qué cogió el cigarro?». Porque la pitillera era muy bella y, además, como no sé desenvolverme bien en este mundo de Monseigneur, entre tanta gente elegante, pensé que era de buena educación aceptar el cigarro. «Nunca lo vuelva a hacer en su vida. Hoy pudo darse el lujo al estar yo a su lado. Pero en cualquier otro país le ofrecen un cigarro hecho con marihuana y usted no puede cantar más en el resto de la noche».
En otra oportunidad me invitó a comer en su mesa el agregado cultural de la embajada de Portugal. Le pedí permiso a Bola, pues aunque soy muy desacatada, si hace falta serlo, también soy una mujer sumamente disciplinada, ya que mis padreas me dieron una recia educación. Él me dijo: «Vaya, vaya…». Yo quise responder a la invitación porque me sonó en los oídos como algo grandioso recibirla de un diplomático de esa categoría. Al regresar a su lado, Bola me preguntó: «¿Cómo se sintió comiendo con un agregado cultural?». Normal, nada en especial. «¿Qué comió?». Frijoles negros y ensalada de berro. «¿Mire, no lo vuelva a hacer. La gente viene aquí buscando el encanto de su personalidad y el acto de comer es íntimo. Le ven comiendo en una mesa y destruye un poco la magia de lo que usted representa para el público. Además, ¿Trajo un cepillo de dientes?». No. «Pues imagínese qué espectáculo daría si en esa boca suya, llena de dientes, se le ha quedado entre ellos una cascarita de frijol o una hoja de berro. ¡Nunca más sería artista!».

Todos esos consejos se los agradecía, excepto el siguiente: en Monseigneur servían la comida de los empleados antes de abrirse el restaurante, a eso de las seis de la tarde. Yo empezaba a cantar a las nueve de la noche y terminaba en la madrugada, sin ingerir otro bocado en respeto a las teorías de Bola. Entonces, tan pronto finalizaba, me iba hacia Las Bulerías, en la calle L, del Vedado, comía algo, cogía la guitara y cantaba un rato.
Una noche Bola me sorprendió allí y me regañó: «Oiga, yo la pongo a usted a precio de Monseigneur y después viene a regalarse por un plato de fabada en Las Bulerías». Ahí solo pudimos entendernos a medias; me resultó muy difícil explicarle que no solo lo motivaba la necesidad de comer algo, sino también cómo me inspiraba el ambiente de Las Bulerías, quizás por ser mis padres españoles. También se debía a la cariñosa acogida de los empleados y de la gente sin la posibilidad económica de ir a un sitio tan lujoso como Monseigneur, me sentía feliz al propiciarles un rato de distracción, los asociaba a los pobres de la tierra para los que siempre me ha gustado actuar.
Mi experiencia al lado de Bola en Monseigneur me permitiría conocer a Joséphine Baker y al presidente Salvador Allende, que, luego de escucharme, se levantó de la mesa, me dio una mano y dijo: «Usted canta como las mujeres de mi pueblo». Y, sin pretender mostrar ni un mínimo de vanidad, los empleados de la cocina me contaron cómo Bola de Nieve entraba allí, se recostaba a una pared y le daba golpes con un puño al yo emitir las notas altas en canciones del tipo que lo impresionaron durante nuestro primer encuentro en su casa de Guanabacoa, muy distintas de las infantiles en que se me encasilló más tarde. Para mí todo eso aún equivale a congratulaciones.
Tampoco puedo olvidar lo que me aportó en esa época ver actuar a diario a un artista de su jerarquía. Mucha gente criticaba a Bola de Nieve e, incluso, no les gustaba. Eso le sucede a quienes acostumbran sus oídos a lo convencional y rechazan la originalidad. Él tenía una manera especial al abordar la canción. No era un cantante en sí, más al decir las composiciones con su talento de actor y su gran sensibilidad se convertía en el intérprete preferido. No era un pianista extraordinario y, sin embargo, se acompañaba las obras magistralmente, aparte de que las partituras debidas a su inspiración son muy sentidas y convincentes.
Claro, al uno tener el cariño y el apoyo de una figura de la magnitud de Bola de Nieve, se exponía a la envidia; ésta se desencadenó en torno a la relación afectiva entre ambos y terminó por dañarla al surgir las manipulaciones de ciertas personas, a las cuales no me presté. Como no pudieron utilizarme, quizás le dijeron a Bola que me expresaba mal de él o algo por el estilo. ¡Vaya usted a saber! Si uno pudiera conocer lo que se habla en contra de uno, no existirían los seres envidiosos, solapados y mezquinos.
En ese trance el INIT dispuso mi traslado de Monseigneur para el club El Coctel, que iba a inaugurarse, sin ello causar una disminución de mi cariño hacia Bola. Por última vez nos encontramos un día en la calle y me pidió una copia de mi obra "Dame la mano y danzaremos", pues deseaba cantarla. Con aquella solicitud, creo que ponía fin a una historia de intrigas de los recelosos.
NOTA:
Resumen de la entrevista grabada por Ramón Fajardo Estrada a Teresita Fernández en el año 2000 y recogida en el volumen Deja que te cuente de Bola.
"Drume negrita", interpretada por Bola de Nieve: