
Me gustaría escribir un ensayo sobre la complejidad de la simpleza. Dedicaría largos y enrevesados párrafos a desentrañar los misterios del pensamiento complejo. Y sobre todo, trataría de explicar la tesis del reconocido biólogo y ecologista Eric Berlow, cuando afirmó ─a la manera de galimatías científico─ que «lo simple es complejo y lo complejo es simple».
De haber realizado ese estudio, quizá me fuera posible encontrar las palabras exactas para explicar que al considerar a Carlos Puebla (11 de septiembre de 1917, Manzanillo-12 de julio de 1989, La Habana), un simple cantor, no minimizaba ni menospreciaba el alcance y valor de su ejecutoria musical.
Para entender cabalmente lo antedicho, hay que analizar la obra de aquel manzanillero de voz peculiar, que arrancaba a su guitarra acordes inconfundibles; un hombre que aunque no rebasó el sexto grado de la enseñanza primaria, escribió la inmensa crónica de casi dos mil canciones, en las que retrató musicalmente la cotidianidad de su pueblo en revolución.
Afortunadamente, el jovencito que comenzó a cantar en la radio en la década del treinta del pasado siglo, una vez alcanzada la madurez, autodefinió el rasgo principal de su ser artístico al decir: «Yo no soy un cantante. Yo soy un cantor. Cantante es el que tiene con qué. Cantor es el que tiene por qué».
Aquel simple cantor ─que no cantor simple─ tenía mucho que decir y lo dijo sin reparar los riesgos que afrontar. Como en aquella ocasión cuando en plena dictadura de Fulgencio Batista, cantó en televisión “Pobre de mí Cuba”, una guajira con versos como éste: «Aquí falta, según veo, un nuevo gesto mambí/ la palabra de Martí o el machete de Maceo». Se cuenta que ese día, cuando terminó de cantar, nadie quería salir del canal porque pensaban que afuera ya estaba la policía.
Los sones militantes de Carlos Puebla constituyen la porción más conocida de su creación musical, pero no la única. En su carpeta autoral se encuentran boleros con letras sentimentales, otros a los cuales llamó «canciones crueles», en las que añadía inesperados giros humorísticos.
Algunas de estas composiciones fueron grabadas en 1955 por Puebla junto a su grupo Los Tradicionales ─fundado tres años antes─ para la firma discográfica cubana Panart, dos de ellas con el cantante Barbarito Diez: "Buen amigo" y "No te importe nada". Poco después grabó con Los Tradicionales otras canciones como "La bondad inútil", "Salgamos del error", "Que te mejores" y "Quiero hablar contigo", esta última, su composición romántica más conocida.
El triunfo de la Revolución encabezada por Fidel Castro en 1959 marcó significativamente la vida y la creación musical de Carlos Puebla. La obra transformadora del pueblo cubano fue a partir de entonces su gran musa.
De esta época sobresalen "Y en eso llegó Fidel”, "De Cuba traigo un cantar", "Gracias Fidel"; "Canto a Camilo", "La OEA es cosa de risa", entre otras muchas. En esta prolífica producción ocupa un lugar de privilegio "Hasta siempre”, escrita en 1965 a partir de la salida de Cuba de Ernesto Guevara, que devino principal elemento musical vinculado a la memoria del Guerrillero Heroico, tras su muerte en Bolivia en 1967.
Carlos Manuel Puebla Concha, conocido como El Cantor de la Revolución Cubana, falleció el 12 de julio de 1989. En su ciudad natal tiene una imponente estatua y una imagen en el Museo de Cera de Bayamo. La casa de la Trova de Manzanillo lleva su nombre.