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Bola de Nieve: el hombre que rindió al mundo con su ángel (+video)

Fecha de Publicación: 2018-09-06 10:46:09


Bola de Nieve al piano

Rafael Alberti le definió como «un García Lorca negro». «No se puede hacer más con una canción», decía el dramaturgo español Jacinto Benavente.  «Fue uno de los más grandes artistas de Cuba», consideraba por su parte Esther Borja. Se referían a Ignacio Villa, el imprescindible Bola de Nieve.

El once de septiembre de 1911, en Guanabacoa, nació el hombre que según Alejo Carpentier, se puso de acuerdo con todos los públicos del mundo.

El padre de Ignacio Villa y Fernández fue cocinero de profesión. La madre, negra cuentera, organizadora de fiestas y bailadora de rumba de cajón.

Ese mundo de hombres rayados, plantes, babalaos y santería, fue nutriendo la imaginación del niño Ignacio, que con el paso del tiempo pertenecería a toda Cuba y algo más allá, con el sobrenombre de Bola de Nieve.

A los doce años empezó estudios de solfeo y teoría de la música. Ya mayor matriculó en la Escuela Normal para Maestros. Por los años treinta, Ignacio Villa destacó como pianista acompañante. En una de esas  presentaciones le escucha Rita Montaner. La Única se impresiona y lo invita a trabajar con ella. Así empezó una etapa decisiva en la carrera del joven artista.

Una noche en México, Rita se sintió indispuesta. La dirección del teatro le pidió a Ignacio que sustituyera a La Única. Él se negó en primera instancia, luego aceptó. El presentador lo anunció como Bola de Nieve y a partir de entonces América empezó a rendirse ante su ángel.

Después de exitosas giras, Ignacio Villa regresó a Cuba en 1935, bajo contrato exclusivo de Ernesto Lecuona. Con el maestro se presentó en prestigiosos escenarios. Con gran éxito  actuó en Argentina, donde filmó su primera película. Visitó Chile y Perú, regresó a La Habana. En América ya se le consideraba uno de los artistas cubanos más distinguidos.

Durante los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, actuó Bola de Nieve mucho en esta Isla. La radio, el teatro y el cabaret eran sus plazas preferidas.

En septiembre de 1947 lo contrató la compañía de Conchita Piquer. Se presentó con gran éxito en Madrid, Barcelona, Zaragoza, Sevilla, y Córdoba, entre otras ciudades españolas.

A finales de los años 40, Bola de Nieve actuó con  mucha aceptación en los Estados Unidos. The New York Times lo calificó como una verdadera revelación por su personalidad artística. Le comparan con Maurice Chevalier y Nat King Cole.  En el famoso Carnegie Coll recibió una de las grandes emociones de su vida. Sin haber tocado aún, el público le tributó una ovación cerrada, después de terminar el espectáculo, debió salir nueve veces al escenario.

Pero Bola de Nieve no sólo triunfó en América. En los años 50 conquistó Francia, Dinamarca e Italia. Después volvió  a México, su segunda patria.  Allí compartió con figuras como Pedro Vargas, Toña la Negra y Agustín Lara. Por esa época conoció a Edith Piaf, quien dijo: «Nadie canta “La vie en rose” como Bola de Nieve».

Rápidamente Bola definió y perfeccionó su estilo de decir la canción. Para él no existía la improvisación: estudiaba y maduraba cada tema. Dominaba la canción caricaturesca, la de inalterable elaboración y la de inflexiones folclóricas de cualquier país.

Como recursos expresivos utilizaba por igual la melodía, el ritmo y el mensaje de los textos. Amaba el teatro, la danza, la literatura y la pintura. Todos los géneros beneficiaron su formación como artista. Para él no existía público malo, sino artistas que no convencen.

En cierta ocasión Bola dijo: «Yo escribo cancioncitas, la palabra compositor es demasiado seria y demasiado respetable». Aquí discrepamos con el artista. Ignacio Villa dejó una obra perdurable también como autor. Sus temas responden desde el punto de vista formal a lo más depurado del cancionero tradicional cubano.

Bola inscribió 12 temas y dejó sin registrar otras 12 obras, entre ellas las muy conocidas: “Tú me has de querer”,  “Becqueriana” y “Ay, amor”.

El triunfo de la Revolución llenó de seguridad al entrañable Bola de Nieve. En los años 60 se convirtió en un embajador de nuestra cultura por Europa del Este, donde actuó en la Unión Soviética, y Checoslovaquia; también se presentó con éxito en China.

En 1965 se remozó el restaurante Monseñor en La Habana. El sitio se convirtió en “Chez Bola”, íntimo lugar donde el artista, además de cantar y tocar el piano, dialogaba, hacía cuentos, chistes, anécdotas y saludaba de mesa en mesa.

Bola fue un triunfador… «Bola con su piano, Bola con su frac en las grandes noches de mundana etiqueta,  Bola con su sonrisa y su canción».

Después de 107 años de su nacimiento, firmas discográficas cubanas y extranjeras reproducen los fonogramas que Bola de Nieve nos dejó. Esos que, aunque escasos, alimentaron la leyenda de un artista que se calificó a sí mismo como «la canción que canto».

"La vie en rose", por Bola de Nieve:



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