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Benny Moré, el genio popular

Fecha de Publicación: 2019-05-07 13:05:51


Benny Moré fue un artista espontáneo y un  músico natural

Santa Isabel de las Lajas es hoy un pequeño y rural poblado de la provincia de Cienfuegos, al sur de la región central de Cuba, cuya población en poco excede los once mil habitantes. ¿Cómo sería aquel lugar el 24 de agosto de 1919, cuando allí vino al mundo Bartolomé  Maximiliano Moré, y qué le aportó musicalmente hablando a quien mucho más tarde sería considerado El Bárbaro del Ritmo?

La lejanía y lo limitado del entorno en que transcurrieron su niñez y primera juventud, más la pobreza y humildad familiar, débilmente adornadas con una corta y escasa formación escolar, impiden descifrar todo lo que después aconteció en la vida de aquel ser, devenido artista excepcional para las grandes multitudes y también para las élites intelectuales que nunca ‒dicho sea a propósito‒ han ocultado su admiración por él.

El reconocimiento unánime, y puede afirmarse sin exageración que universal, a este extraordinario músico cubano, se expresa por lo general en términos emocionales y subjetivos. Varios libros y artículos biográficos, amén de testimonios e impresiones de sus contemporáneos, se han publicado en Cuba y fuera de ella. Es abundante también la documentación periodística sobre el gran artista. Un examen de todo ese material (imposible de citar por razones de espacio), así como una observación acuciosa del arte de Benny Moré, nos permiten precisar los perfiles de su genialidad y los modos en que ésta se expresó.

De Benny Moré es reconocida su condición de artista espontáneo y músico natural, no académico, iletrado, de brillante inspiración y talento innato. Empero, su trayectoria musical, primero como aficionado y más tarde como profesional, permiten hablar de un proceso formativo autodidacta.

Su primer acercamiento a la música, desde la niñez, se relaciona con los cantos y bailes de carácter rural y campesino. Décimas y coplas, tonadas tradicionales, fueron su punto de partida. También, el conocimiento del tres (instrumento cordófono pulsativo, melódico por excelencia, del arsenal folclórico cubano), del bongó, las claves y otros percutientes rústicos que acompañaban a los sones montunos primigenios, propios de las zonas rurales.

Paralelamente, un vínculo familiar lo llevó a relacionarse con las actividades del Casino de Los Congos, asociación fraternal que constituía un verdadero emporio de expresiones folclóricas afrocubanas, desde las festividades de carácter profano hasta las propias de ritos litúrgicos populares en las que la música y el baile son el principal medio de comunicación. Entre ellos, Benny Moré llegó a desarrollar notorias habilidades como ejecutante de muy diversos instrumentos y como bailador. Allí también adquirió el dominio de ciertas inflexiones y timbres vocales, ese manejo del canto y aquella colocación de la voz que habrían de servirle como elemento de gran originalidad aplicados a los géneros de la música popular urbana.

También fueron decisivos en la formación artística del Benny sus posteriores contactos en La Habana con el experimentado compositor, director y guitarrista Miguel Matamoros, director del famoso trío que llevó su nombre y que además conducía un sexteto y un conjunto también llamados Matamoros. Como integrante del conjunto, Benny mostraría a plenitud toda la gama de sus posibilidades vocales y recibió enseñanzas y experiencias que moldearon y diversificaron su estilo interpretativo. Así, profundizar en el conocimiento de la guitarra como instrumento de amplio espectro armónico y melódico, resultó ser un factor decisivo en la gestación de sus propias composiciones.

No debe perderse de vista que los conocimientos y habilidades musicales y coreográficos adquiridos por Benny hasta aquí, y los que habría de obtener después, se desenvolvieron primero por vía de la tradición oral, y más adelante por medio del aprendizaje empírico. Ello no resta valor a la efectividad de sus extraordinarias dotes como músico y artista de la escena.

Con Matamoros grabó sus primeros discos y viajó a México, donde culminaría el proceso de su formación artística precisamente en el medio sonoro que aún le faltaba por conocer a profundidad: la orquesta.

Además de la extraordinaria experiencia que significó trabajar a dúo con el versado director y cantante Lalo Montané, Benny realizó un periplo como intérprete de grandes orquestas, entre ellas la del mexicano Rafael de la Paz y las de sus compatriotas Arturo Núñez, Mariano Mercerón y Dámaso Pérez Prado. Especialmente con este último desarrolló el manejo de las complejas polirritmias del mambo, unidas a las entonces novedosas sonoridades tímbricas y armónicas que potenciaban el formato de la jazz band aplicado a los géneros bailables latinos, así como a usar la voz con sentido dramático e instrumental dentro de la orquesta, a diferencia de los estilos más líricos y cantables ya por él dominados en la interpretación de boleros, sones y guarachas.

De manera que cuando en 1953 Benny funda en La Habana su Banda Gigante, con la cual potenció definitiva y multilateralmente todas sus dotes, era ya un músico formado y poseedor de una vasta experiencia técnica musical y escénica, aun cuando ésta tuviera un fundamento nada académico.

Dicho de otro modo, Benny conocía y dominaba empíricamente, pero con extraordinaria profundidad y riqueza, un conjunto de reglas, recursos y procedimientos en los ámbitos del canto, la conducción orquestal, suficientes elementos de instrumentación, armonización y formas de estructurar la composición de sus piezas, a las que unía aquella enorme intuición creadora de la cual estuvo congénitamente dotado.

Resumir los rasgos descollantes del genio creador popular en la figura de Benny Moré, impone la consideración de todas las aristas donde se manifestó el encanto de su arte.

No fue un compositor prolífico, pero sus obras son verdaderas joyas de los diferentes géneros que cultivó, entre los que destacan el bolero, el son, el montuno, el mambo, la guaracha, el afro, el chachachá, el batanga… En ellos supo conservar la enjundia de una tradición en él arraigada y a la vez enriquecida con pródiga imaginación.

El desarrollo que Benny imprimió a la música popular cubana se relaciona con su extraordinario genio como cantante, manifiesto no solo en las obras propias, sino también en las de muchos autores a los que enalteció. Su sentido del canto partía de las cualidades de cada género. Forma y contenido encontraban en su interpretación la unidad ideal. Dotado de un amplio diapasón vocal, supo descubrir los timbres y matices, inflexiones e interjecciones adecuadas a cada frase, a cada idea musical y literaria.

Las potencialidades de su voz parecían inagotables, pues en cada nueva pieza incorporada a su repertorio brotaban nuevos recursos vocales expresivos. Fue el cristalizador de un estilo de canto propio de la música cubana que consiste en jugar con el ritmo melódico sobre la base rítmica y moverlo a placer sin socavar nunca el fundamento métrico. De ese modo usó los más diversos y sorpresivos figurados rítmicos en su melodía con exquisito gusto y lógica musical.

Benny poseía un amplísimo oído armónico y tímbrico, lo que le permitió concebir para su orquesta muy originales combinaciones tímbricas, armonías renovadoras, complejos pasajes polirrítmicos en los bloques armónicos y otras muchas filigranas logradas a partir de un sabio tratamiento de la orquesta como un todo o por secciones. Y ello sin que sus interpretaciones perdieran la frescura y el desenfado del arte popular.

Hombre de naturaleza histriónica, Benny desarrolló además formas de conducta escénica que hacían las delicias del auditorio. Dirigía la orquesta mientras cantaba, ostentando los más diversos procedimientos escénicos: graciosos pasos de baile y movimientos corporales de suma originalidad en los que incluía su inveterado bastón. Luego, por momentos, asumía la gravedad de un director orquestal, adoptando en los pasajes instrumentales poses que por su seriedad contrastaban con las anteriores y sorprendían al público.

Benny Moré dominó de manera tan intuitiva como espectacular la técnica de la comunicación escénica y ciertas formas de la construcción dramatúrgica mediante una gestualidad de inusuales efectos. Era poco menos que imposible bailar con la música del Benny sin caer en la tentación de observar al mismo tiempo lo que hacía sobre el escenario.

El uso de ciertas vestimentas en ocasiones lindantes con lo estrafalario, pero que nunca dejaban de tener un sentido estético, contribuía también a realzar sus actuaciones. Y es que el factor escénico tal como lo empleaba Benny Moré, fue consustancial con su arte, aun cuando su singularidad de creador musical jamás dependió de extravagancias ni de elementos extra musicales para ponerse de realce.

Sin proponérselo, Benny gestó una tendencia, por no decir una escuela, en la creación e interpretación de la música popular y bailable. Tendencia que hasta nuestros días conserva el impacto de la contemporaneidad y la fuerza de la tradición.

Quizás por ello siga siendo objeto de la devoción de muchos de los grandes músicos y artistas del hemisferio y, sobre todo, de los públicos que le escuchan  día a día, como si detrás de esas grabaciones alentara el Benny, El Bárbaro del Ritmo, en toda la plenitud de su presencia vital.    

NOTA: Tomado del libro Música cubana. Algunos procesos, creaciones y figuras paradigmáticas, publicado por Andante, Editora Musical de Cuba, en el año 2006.



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