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Benny Moré, el bárbaro del ritmo

Fecha de Publicación: 2019-05-07 17:06:20


Benny Moré, el bárbaro del ritmo

Un sombrero y un bastón fueron sus atributos más visibles. Un trago de ron fue su dicha y también su perdición. Cantar fue lo mejor que supo hacer y lo hizo tan bien que todavía hoy, a más de treinta y cinco años de su muerte, sigue cantando como nadie ha podido cantar. Por eso fue bautizado como El bárbaro del ritmo, el máximo epíteto musical que jamás ha concedido el pueblo cubano.

De origen muy humilde, Maximiliano Bartolomé Moré (Santa Isabel de las Lajas, 1919-La Habana, 1963), creció alternando las más duras labores del campo con el ejercicio de la música, en su pueblo natal, vecino de Cienfuegos, en el centro del país. Pero, convencido ya de que podía triunfar, emigró a La Habana de los años 1940 y comenzó a prodigar su voz en los bares del puerto, en pequeños cafés y donde quiera que alguien le ofreciera una moneda (o un trago de ron) por la maravilla de cantar.

Pero la suerte, que inevitablemente iba a tocar en sus puertas, lo hizo del modo más significativo para la historia de la música cubana: Bartolomé cantaba en un café cuando lo descubrió precisamente Miguel Matamoros, el más célebre sonero cubano, quien lo incorporó en 1945 a su conjunto para una extensa gira por México, donde otra vez la suerte corrió a su encuentro para que Bartolomé, ahora llamado Benny, ingresara en la orquesta del celebérrimo Dámaso Pérez Prado y juntos lanzaran al mundo el sello definitivo del mambo.

Pero la cumbre de su carrera la alcanzaría Benny en La Habana, cuando en 1954 decide fundar una orquesta más grande y potente que todas las que existían en la Isla: nace así su Banda gigante, una jazz band que incluía la batería de percusión cubana, lo que le daba un sonido peculiar y único.

Si Ignacio Piñeiro cambió la sonoridad del son en los años 20 con la creación del "septeto sonero", que convirtió a ese género rural cubano en una música definitivamente urbana; si Arsenio Rodríguez, en los años 30 y 40, convirtió el "conjunto sonero" en la estructura más ajustada y célebre del son; en la década del 50 sería Benny Moré, un hombre casi analfabeto y sin asomo de estudios musicales, el gran revolucionario del son con su Banda Gigante y su modo de conducir la orquesta, de cantar, de componer, de arreglar y de moverse sobre el escenario: definitivamente, Benny fue una revolución, que trascendió las fronteras cubanas para convertirse, como dijera el merenguero dominicano Wilfrido Vargas, en una verdadera "dictadura musical" que puso de rodillas a todos los compositores e intérpretes de la música popular bailable del Caribe.

La genialidad del Benny quedó estampada entonces en un amplio repertorio de géneros, estilos y ritmos que le permitieron acuñar el slogan de "Elige tú, que canto yo": porque cantó, como nadie, el son y la guaracha, la rumba y el bolero, el mambo y la canción, creando un estilo que marcaría los futuros derroteros de la música popular cubana y de su hija neoyorquina, la salsa.

Sin embargo, la calidad humana de este hombre fue tal que la riqueza y la fama no lo hizo cambiar jamás. Por eso se prodigaba en cada bar donde, mientras bebía un trago, alguien le pedía una canción. Por eso regaló al puertorriqueño Ismael Rivera el apodo de "Sonero Mayor" que en realidad debió ser suyo. Por eso siguió fiel al ron, le cantó a la infinidad de pueblos de Cuba y plantó su casa en un barrio popular de La Habana, para dedicar muchas de sus tardes a cultivar "el platanal de Bartolo". Por eso dilapidó su dinero con los amigos y, día a día, construyó, sin él quererlo, su leyenda de hombre sin igual, hasta convertirse en el ídolo musical más grande que ha tenido el pueblo cubano.

Y también por eso, cuando a los cuarenta y cuatro años murió a causa de una cirrosis hepática, tuvo el funeral y el entierro más grande y sentido que recuerda la historia de Cuba. Desde La Habana hasta su pueblo natal ("Lajas mi rincón querido, pueblo donde yo nací", como le cantara el Benny), su cadáver fue acompañado por millones de personas que le rendían un penúltimo tributo a ese hombre que nadie se explicaba que fuera tan humano que pudiera hasta morir, porque para cantar como cantaba él era preciso ser un ángel.

NOTA: Tomado del libro Entre dos siglos, publicado por IPS-Cuba, en el año 2006.



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