
Sólo tenía nueve años recién cumplidos cuando la noticia del sabotaje al avión de cubana en Barbados estremeció a toda Cuba. Mi padre, como cada mediodía almorzaba en casa, y en espera de que se sirviera la mesa, siempre leía el periódico. Recuerdo con nitidez que ese día lo hizo en voz alta para compartir la luctuosa noticia con mi madre. Ambos lloraban.
Al preguntar me explicaron, tomé el periódico en mis manos y me detuve en fotos que jamás he olvidado por la tanta tristeza de esos rostros. Yo también terminé llorando y preguntando, a pesar de mi inocencia, de mi elevada fantasía y de andar siempre soñando.
Tal vez entre los propósitos de los terroristas Luis Posada Carriles y Orlando Bosh, quienes pagados por el imperio, perpetraron el crimen, estuvo también matar los sueños de los cubanos. Desgraciadamente desmembraron muchas familias, llevaron el dolor a todos los hogares de la isla, sembraron el luto en el alma de Cuba. Pero los sueños de los cubanos verdaderos son inmortales.
Pese a tanto dolor, por un crimen aún sin castigo ni justicia, los cubanos seguimos soñando. Ha sido difícil pero nos salva lo que hacemos y para ello multiplicamos el amor.
El crimen de Barbados cercenó familias hace 42 años, pero los terroristas ni el imperio impiden que los cubanos dejemos de creer en los sueños, en la Revolución, en la patria.
Lo dijo Fidel Castro en aquel discurso luctuoso pero lleno de poesía revolucionaria del 15 de octubre de 1976: «No podemos decir que el dolor se comparte. El dolor se multiplica. Millones de cubanos lloramos hoy junto a los seres queridos de las víctimas del abominable crimen. ¡Y cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla!».