
El talento musical hizo notable al niño santiaguero Alberto Villalón a fines del siglo XIX. Sus padres pudieron prodigarle cuanto quiso y no había dudas que el pequeño prefería el arte sonoro.
Fue tanta su manifiesta vocación que enseguida buscaron profesores para que aprendiera piano y para la guitarra entendieron que nadie mejor que el coterráneo trovador Pepe Sánchez lo guiara en los primeros acordes.
Era un chiquillo y ya sabía cómo endulzar la vida con bellos textos y melodías. En aquel momento Cuba irredenta, sobre todo en la zona oriental, cantaba al mismo tiempo que pedía independencia del coloniaje español. Por eso no es raro que con solo catorce años compusiera su tema Los mambises.
No tardó el joven bardo en llegar con su familia a La Habana y aquí trajo sus orígenes de trovador santiaguero, nutrió a quienes lo siguieron y conoció de nuevas influencias. La bohemia lo supo compositor no solo de boleros muy famosos, también de múltiples géneros criollos.
El teatro del Tivolí en Santiago de Cuba ya había representado obras con algunos de sus temas y luego fue el habanero Teatro Alhambra el que se llenó de muchas de sus piezas.
Quienes alternaron con Alberto Villalón lo consideraron un hombre distinguido, algo no usual entre los trovadores, pero nadie ha dudado de su entrega y talento para colocarlo entre lo más selecto de aquella primera hornada.
Formó colectivos de diferentes formatos, grabó para reconocidas casas disqueras, su música estuvo en el repertorio de disímiles vocalistas, mientras sus agrupaciones interpretaban también temas de varios autores de la época. Para sus creaciones, como la mayoría de los músicos de entonces, utilizaba letras de periodistas y escritores del momento.
Estuvo entre los fundadores del Sexteto Nacional Ignacio Piñeiro con el cual viajó a Estados Unidos como instrumentista y compositor. Luego podemos encontrar su obra en cientos de boleros, guajiras, rumbas, criollas, guarachas y canciones, la mayor parte de los cuales fueron grabados en cilindro o disco a lo largo de su extensa vida.
Títulos memorables en versiones diversas lo evocan, como: Ya reiré cuando tú llores, Me da miedo quererte y el superfamoso Boda negra. Este último pertenece a una serie de obras de ambiente macabro, que en determinado periodo eran muy aceptadas y perduran como tesoros de nuestro pentagrama.
Barbarito Diez y el dúo de las Hermanas Martí (Amelia y Berta), junto a Esther Borja, figuran entre los más destacados intérpretes de sus creaciones.
Su racimo de obras sigue sonando en voces de estos días con sonidos contemporáneos, pero sin poder demeritar la cubanía de uno de los más grandes trovadores de la Isla.