En el aniversario 70 de la muerte del autor de "Manteca", Ricardo Oropesa Fernández publica Las oscuras leyendas de Chano Pozo, el primer libro que rescata en la Isla la huella de quien, desde su tambor, no ha dejado de hacer hablar a toda Cuba.
En la década del cincuenta, continuó realizándose aquel cine, en líneas generales menor, pero que siempre le concedía suficiente espacio a la música (canciones, orquestas, tríos e intérpretes).
En todo o gran parte de ese cine sonoro que en Cuba precede a 1959 hubo películas que le cedían gran espacio a canciones, orquestas e intérpretes.
Ante todo y fundamentalmente, arte de las imágenes en movimiento, el cine nació sin sonido, sin voz, sin música. No obstante, hay que reconocerlo, hubo importantes filmes, devenidos clásicos, en la etapa silente; empero, en aquellos tiempos en que se subtitulaban los fotogramas con los diálogos de los intérpretes, virtuosos del piano animaban la sucesión de imágenes mudas.
Salvar la memoria es, en el mundo contemporáneo, una necesidad impostergable. Solo así será posible conservar, para las actuales y futuras generaciones, el legado precedente, como una manera de entender el presente y —quizás lo más trascendente— de edificar el tiempo por venir.
Nuestra página inicia con este artículo de Fernando Rodríguez Sosa un acercamiento a esos libros que, a lo largo del tiempo, han conformado el catálogo editorial cubano dedicado a la música. Libros que debe leer todo aquel que pretenda conocer de una de las más ricas manifestaciones de la cultura creada en la mayor de Las Antillas.
En la historiografía musical cubana todavía están por valorarse los aportes que hizo a la rumba Ignacio Piñeiro, el gran sonero cubano.
Echó salsita a la música de toda América. Según Emilio Grenet, Piñeiro «hizo la transformación del montuno del son, a la canción bailable».